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MI PRIMER DIA DE VACACIONES

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MI PRIMER DIA DE VACACIONES

Acabo de comenzar mis vacaciones. Ni con la quincena, ni con la semana, en pleno viernes, pero si el jefe me dice que hoy me las puedo coger, me las cojo, que no está el patio como para andarme con remilgos de cumplir con lo que viene a ser lo normal o tradicional. Lo llaman flexibilidad horaria o salario emocional. Bueno, yo lo llamo capear el temporal y adaptarse al negocio que hemos elegido. Estas semanas atrás me rondaba por la cabeza ese mantra que se repite en los libros y post de auto-ayuda de que hay que salir de la zona de confort y yo me pregunto dónde narices estará esa zona porque, lo que es yo, todavía no la he descubierto… El caso es que, después de un mes de julio laboral en el que me he visto montada en el Dragon Khan más de lo que me hubiera gustado, puedo decir que he sobrevivido y que me dispongo a pasar unos días de descanso y relax, a ver si se me pasa el mareo.

Esta mañana he seguido madrugando. Me obligaba una visita médica más o menos rutinaria, nada que destacar, así que luego he decidido aprovechar la salida para hacer una de esas cosas que me encantan y que ya no puedo hacer con la frecuencia que me gustaría: desayunar una buena taza de café con leche leyendo tranquilamente la prensa. Si a ello le añado buena compañía, buena música de fondo, blues por ejemplo, y una tostada de tomate y aceite, pasa a formar parte de mi lista particular de esos momentos razonablemente felices de los que alguna vez ya he hablado. La cafetería elegida es ésta que os enlazo, por si alguien tiene curiosidad. Hoy estaba libre El País. Desde que me enteré que ponían al frente del mítico periódico nacional a Soledad Gallego-Díaz, vuelve a merecerme toda aquella credibilidad que, de un tiempo a esta parte, había perdido. Solía despertarme con sus certeras reflexiones en una emisora de radio, con esa voz rasgada que me inspira sabiduría y experiencia, así que espero que sepa encauzar el timón del diario hacia aguas menos turbias y mercantilistas. Difícil misión en los tiempos que corren. Comienzo a leerlo por la contraportada, como siempre, y me encuentro con una entrevista a Lucía Marín, directora de orquesta. Resulta interesante conocerla a través de sus respuestas. Me quedo con la frase que le dijo su mentor, el maestro García Asensio, sobre sus brazos, la de que “los tenía extraordinarios para ese trabajo” y con la del Cholo Simeone llevada a su campo: “concierto a concierto”. Mola la filosofía del Cholo. Luego he seguido con la crónica del concierto de Diego el Cigala en el Sonorama y he acabado recordando aquella noche de verano en la que disfrutamos de Chucho y Bebo Valdés tocando su son en la plaza de toros de Zaragoza. Hace unos cuantos años ya de aquello. Recuerdo que también era un agosto muy caluroso y lo recuerdo porque me viene la imagen de la ropa que llevaba: una blusa naranja, un pantalón capri negro, unas alpargatas de esparto con un poquito de cuña y un abanico con el que no paraba de darme aire. Al final del concierto bajamos a la arena del ruedo y bailamos. JL siempre se sorprende cuando le cuento estas cosas y tengo recuerdos de esos pequeños detalles. A mi también me asombra lo selectiva que puede llegar a ser la memoria.

Ignoro si dentro de unos años recordaré este primer día de vacaciones. Por eso, quizás, escribo este post.

Kate y Cari

Imagen del momento en el que JL intenta hacer memoria de aquello que le cuento.

 

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CUATRO AÑOS Y UN MONTÓN DE AMIGOS

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CUATRO AÑOS Y UN MONTÓN DE AMIGOS

Justo hoy, hace cuatro años, publiqué mi primer post en este mi blog. Lo he recordado de pura casualidad. Después de meses sin apenas abrir wordpress, hace unos días recuperé esta afición mía que tantos buenos ratos me ha aportado y justo hoy, dejándome llevar por esa pequeña vanidad que los aprendices de escritores llevamos a cuestas, la de desear que alguien nos lea, he vuelto a entrar, he mirado el calendario y me ha dado un pequeño pálpito, como cuando sientes la necesidad de marcar el número de teléfono de tu amiga del alma. Mi memoria ya no es lo que era y he tenido que hacer una comprobación para confirmar mi corazonada. Efectivamente, el 4 de julio de 2014 me atrevía por fin a estrenar lo que llevaba días preparando.

De la manera más tonta me auto-impuse publicar y cumplir religiosamente cada viernes por la tarde y, poco a poco, este blog fue creciendo en número de entradas y lectores que, con sus tímidos comentarios, acabaron convirtiéndose en amigos. La verdad es que nunca llegué a imaginar que llegaría hasta aquí y, aunque este último año ya no he seguido siendo tan constante en mis publicaciones, pienso seguir al pié del cañón. Lo que al principio sólo era un entretenimiento y una vía de escape para aprender e incluso hacer terapia, escribir en este humilde blog, se ha convertido en motivo de grandes alegrías. Al hilo de esto, tengo alguna historia que todavía me da un poquito de pudor contar por aquí, pero seguro que el día menos pensado me lanzo y lo cuento. Es extraño porque muchas veces siento que he contado demasiadas cosas personales, por eso hablaba antes de terapia… son muchas las contradicciones en las que caigo constantemente, pero bueno, tampoco pasa nada.

A mis fieles lectoras (creo que gozo de más mujeres seguidoras) y a mis tímidos lectores (que también los hay, aunque se manifiesten menos). A los que me leéis de vez en cuando, a los que aterrizáis en cualquiera de mis post por puro azar googleriano, a los que seguís fielmente todos y cada uno de los post, tarde lo que tarde en volver a escribir, a los que me comentáis y a los que no, a los que removéis Roma con Santiago para conseguir mi número de teléfono y llamarme después de veintitantos años sin vernos, sólo para decirme que os alegra encontrarme por aquí, a las compañeras de uni de L… ¡Millones de gracias por estar ahí!

Audrey_Birthday

¿Me ayudáis a soplar las velas?

 

RECORDANDO A KATE

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RECORDANDO A KATE

Leo que, tal día como hoy, hace quince años, murió  Katherine Hepburn, Kate para los amigos. Busco en la estantería el libro que me lo confirma. Que me confirma que era Kate para los amigos y que me da la libertad de considerarme con ese privilegio. La magia de los libros, que nos acerca de tal manera una persona que hasta nos creemos gozar de su amistad.

Para los que seguís este blog no os descubro nada nuevo. Muchas de las imágenes que he utilizado para ilustrar mis post son de ella. Nunca defrauda. Sea el tema que sea, no resulta difícil encontrar una imagen donde ella lo representa.

Estos últimos meses, justo en los que no he sacado fuerzas ni tiempo para alimentar este blog (mil perdones), la he recordado mucho. Y todo por un sólo tema, el feminismo. Y sin embargo, no creo que ella se sintiese abanderada de ninguna causa, ni siquiera la feminista. Era demasiado libre para atarse a nada ni a nadie que no fuese ella misma. Cada vez que he leído noticias sobre el renacimiento del movimiento feminista, cada entrevista de Sandra Sabatés en el espacio “Mujer tenía que ser” de “El Intermedio”, en la jornada de manifestación del 8-M, en los días previos cuando me asaltaban las dudas (¿dudas?) sobre la necesidad o no de manifestarme, en alguna de las conversaciones con mi madre, con mi hija, con amigas… Siempre acababa pensando en ella. Las películas también forman parte de mi educación y, no sé por qué curiosos algoritmos de mi cerebro, recuerdo flashes de escenas de sus películas que me reafirman como la mujer feminista que quiero ser. La mujer feminista que debo ser. Yo era una niña, pero si algo tenía claro es que las mujeres podíamos llegar a hacer todo lo que nos propusiéramos. Y eso era gracias a sus personajes. Primero fueron sus personajes y luego fue ella misma. Siempre me fascinó su libertad para elegir. Elegir proyectos, elegir equivocarse, incluso elegir amar a un hombre egoísta, pero siempre fiel a sí misma aunque eso implicase ir en contra de lo que la industria cinematográfica o la misma sociedad daban por hecho y norma. Y, para mí, esa es la esencia del feminismo. La libertad de decidir, pero en igualdad de condiciones, claro está… Y en eso estamos.

El libro del que os hablaba se titula “Recordando a Kate“, escrito por A. Scott Berg que la conoció cuando ella acababa de cumplir setenta y cinco años. Le dio permiso para escribir estas memorias con la promesa de no publicarlas hasta después de su muerte. Ojeando la colección a la que pertenece, una colección de memorias y biografías de la editorial Lumen, observo en la solapa que sólo uno de los libros cuenta la vida de un hombre. El resto son mujeres. Y es que… ¡tenemos tanto qué contar!

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UNA DE GANGSTERS

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UNA DE GANGSTERS

Desde que leí hace tiempo esta columna de Reverte yo también “me pregunto cómo hacen los que no vieron cine ni leyeron libros para interpretar la vida”. Por eso, cuando J me propuso que viera con él una serie en Netflix que no era precisamente la que yo hubiera elegido, no me pude escaquear. Hace tiempo que asumí que absolutamente nada de lo que “yo le recomiende” va a influir en su libre criterio de lo que quiere o no quiere ver (en todo caso, la moneda siempre caería en el lado del no), así que si “una amiga le recomienda algo”, no voy a ser yo quien lo censure. Eso sí, ya que me invita, no voy a perder la oportunidad de carraspear llegado el caso y hacer notar de algún modo que tal o cual escena no es del todo un modelo a seguir en la vida… Lejos quedan los tiempos en que Peter Pan y su adorable tropa aparecían en la pantalla de mi tele un día sí y otro también. Demos paso a Tommy Shelby y sus Peaky Blinders.

Creo que me perdí los primeros capítulos pero su empeño por ponerme en antecedentes, con aquello de que la trama empezaba acabada la primera guerra mundial, con fechas y detalles que bien le pueden venir en futuros exámenes en el colegio, me reafirmó en mi buena disposición para empezar a verla con él. Vamos por la cuarta temporada. Uno de los puntos a favor, que las temporadas son cortas. No se andan por las ramas. Ni falta que hace. Una trama principal con todo el peso en el personaje de Tommy y las justas secundarias para enriquecer al resto de los personajes no necesitan más capítulos. Más puntos positivos: la música. La banda sonora acompaña de una manera absolutamente embriagadora. Un pequeño inciso por comparar. Hace poco empecé a ver algún capítulo de Las Chicas del Cable y de hecho ahí anda, en el limbo de las series sin acabar… Aunque también es verdad que para gustos colores. Sigamos: los comienzos de capítulo… enlazando con el final del anterior de una manera que te anuncia que algo gordo va a pasar a lo largo de éste. Así sí se engancha a la gente. Así sí. Los diálogos… aunque Tommy Shelby sea un hombre de largos silencios y pocas palabras. Los diálogos con los villanos de cada temporada me recuerdan tanto a las pelis de antes. Y luego están los personajes femeninos… Polly, Ada, las distintas amantes del protagonista… Merecerían otro post aparte. Me lo pensaré.

El punto negativo lo marcaría mi conciencia social de madre madrísima. He tragado mucha saliva viendo esta serie en el mismo sofá que ese larguirucho que hace nada era un bebé. Me temo que él también. Cuando era pequeño y en alguna escena había demasiados besos o le daba miedo, se echaba a correr por el pasillo o se tapaba la cara con la primera almohada que pillaba. Ahora, cuando los besos van siempre más allá, se pone a mirar el Instagram no se haya perdido algo interesante en los últimos veinte minutos… Me acuerdo de mi madre… Qué fácil lo tenía con aquello de ¡uy, mira, dos rombos, mayores de dieciocho años, ale, a la cama!… Y a la cama que me iba… Sacudiéndome esa pequeña losa de estar viendo algo políticamente incorrecto por lo que fácilmente pudieran quitarme la custodia (y no lo digo sólo por el sexo), comienzo a analizar la serie y descubro que no se aleja tanto de aquellas películas en blanco y negro que me cautivaron a su misma edad. Los de mi generación nos lamentamos que nuestros hijos apenas conocen el cine clásico. Realmente, tienen una oferta tan amplia que sólo algún que otro bicho raro buscará aquellas películas que veíamos nosotros en la tele. Con este pensamiento se me acaban los argumentos para censurarle la serie. Qué le voy a decir cuando yo misma crecí convencida de que hasta el mismísimo Bogart escondía un tierno corazoncito debajo de aquella gabardina.

Casablanca escena final

TODO ESTÁ BIEN

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TODO ESTÁ BIEN

Sientes que todo está bien cuando recibes estos días de Navidad con la mezcla justa entre otra semana más y algo especial. Cuando no te agobia pensar que se te ha echado el tiempo encima y no compraste el marisco cuando todavía tenía un precio razonable porque piensas que, en casa, en realidad, nunca supimos si nos gustaba o no el bogavante porque nunca lo comimos. Sientes que todo está bien cuando te das cuenta que no se puede echar en falta algo que nunca llegaste a conocer y cuando sabes que los tuyos aprecian más una comida sencilla en buena compañía que todos los lujos del mundo.

Sientes que todo está bien cuando el tiempo atenúa las heridas de las ausencias. Porque te vas dando cuenta que, aunque la vida corra deprisa, los seres queridos que un día se fueron siguen presentes en las conversaciones y en los recuerdos. Con la primera ausencia, los primeros meses, los primeros años, mantuviste ese temor de que su recuerdo llegara a difuminarse en el olvido. Pero acabas por aprender que no es así. Y entonces asumes otras pérdidas con más serenidad y sientes que, en el fondo, todo está bien.

Todo está bien cuando ella vuelve a casa por Navidad. Y entonces aquel anuncio del turrón que marcó nuestra infancia cobra todo el sentido del mundo. Anda que… Te llegan a decir hace un año que tu misma ibas a ser una de las protagonistas de la escena y ni te lo hubieras creído. Pero así es. Y esperas con ilusión que se haga la hora de salir hacia la estación para recogerla y darle ese abrazo que hace casi un mes que no le das…Ahora un mes se te hace una eternidad, pero tienes la absoluta certeza de que las ausencias cada vez serán más largas y también lo asumes porque, en el fondo, sientes que todo está bien.

Todo está bien aunque la puerta hasta ahora siempre abierta de su cuarto, de repente se cierra durante horas. Ya no sabes si tienes un adolescente o un extraterrestre en casa. Pero llega la cena de Nochebuena y reconoces que, aunque a veces parece que vaya a estallar, acaba por hacer ese esfuerzo por no enfadarse y al final incluso participa de las bromas y la conversación como uno más. Y deja que le mires a los ojos sin apartar la mirada y acaba la noche pidiéndote que le acuestes como años atrás. Y cuando cierras la puerta (porque él te lo pide) sientes que todo está bien.

Sientes que todo está bien cuando coges un nuevo calendario y descubres que el año que va a comenzar acaba en ocho, como el año en que naciste. Y haces la cuenta y descubres que el número que resulta es una cifra realmente redonda y espectacular. Y entonces miras atrás, comienzas a repasar todo lo que tienes o, más bien, todo lo que eres y te das cuenta que tampoco necesitas mucho más. Y reconoces que ni siquiera es por falso conformismo o falta de ambición. Y entonces recuerdas la última broma de tus hijos, cuando te recuerdan una frase que, al parecer, dices a menudo y caes en la cuenta de que… “pues eso está muy bien también, ¿no?”
fondo-de-ano-nuevo-con-purpurina-dorada_23-2147719602Fondo de vector creado por Freepik

LA AMIGA ESTUPENDA

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LA AMIGA ESTUPENDA

“Los libros nos salvan la vida y nos ayudan a sobrellevar los momentos más duros.” Lo decía Rosa Montero en otra de sus maravillosas columnas este pasado domingo. Repentinamente, tengo que pasar toda la mañana en el hospital, acompañando a un ser querido en un episodio más de su larga enfermedad, así que refuerzo mi mochila de supervivencia con el libro que espera su turno desde hace unas semanas en mi rincón de los papeles y las cosas pendientes. Es “Patria”, el aclamado libro de Aramburu que, seguramente, muchos de los que leáis este post, ya habréis digerido. Sin embargo, tengo una sensación extraña. Hace dos días que acabé otro libro de esos que atrapan e, incluso, diría yo, subyugan y no me parece el tiempo suficiente de reposo para dejar que otra historia comience a deambular por mi cabeza mientras cocino, mientras camino de un trabajo a otro, mientras limpio… mientras hago cualquier otra tarea cotidiana de esas forzosas y obligatorias que anteponemos al delicioso placer de sentarnos a leer.

Recuerdo que mi querida Paula, una de mis periodistas y escritoras favoritas (tengo unas cuantas, ya lo sabéis), me animaba hace unos post a contar mis lecturas de verano. Siento que ese tiempo ya ha pasado y no es porque no las recuerde, no. El requiem por un campesino español de Sender, Oculto Sendero de Elena Fortún o Los besos del Pan de Almudena Grandes, son libros difíciles de olvidar.  Pero en este momento me apetece mucho más escribir unas cuantas sensaciones de lo que ha sido mi lectura de la historia de Lila y Lenù, protagonistas de “La amiga estupenda”, el libro de Elena Ferrante que, curiosamente, me recomendó una buenísima amiga (y busco otro adjetivo para no reiterar el del libro). Mi amiga, que me conoce muy bien, sabía que Juliette acabaría escribiendo sobre su recomendación. Quizás porque, cuando me habló de la autora, convencida de que ya la conocía, le confesé que no, que no me sonaba de nada. Era así, aunque tampoco es de extrañar. Resulta que el nombre en cuestión es también un pseudónimo, como Juliette Tourmalet. Solo que ella (o él) se ha cuidado muy mucho de seguir guardando el anonimato, rayando ya en el misterio, por lo que se desconoce qué persona, de carne y hueso, se esconde detrás de la tal Elena Ferrante. Al final, ese pequeño detalle acaba siendo irrelevante ya que la propia historia de las protagonistas habla por sí sola. La vida y andanzas del autor pasan a un segundo plano. No me interesa en absoluto. Ya sólo me interesa las historias que puede llegar a contar y, en este momento sobre todo, me interesa mucho más cómo va a continuar esa historia de las dos niñas-adolescentes que acaban de entrar en mi vida. Las niñas que viven, crecen y sienten en un barrio humilde y pendenciero del Nápoles de los cincuenta. Para mi tranquilidad, hay dos libros más de la saga que, afortunadamente para mí, ya he comprobado que también los podré encontrar en la biblioteca de mi barrio.

Ha sido un libro que he saboreado y paladeado desde la primera a la última página. Leemos como vivimos y a mí, ahora, me sale leer en modo slow: Sentarme en mi lado del sofá, con una buena luz, a poder ser sin ruidos de fondo de teles y demás y acabar leyendo reposadamente tan sólo 10 ó 20 páginas porque el tiempo o el sueño no me dan para más. Pero recuperar la historia en cualquier otro momento y con gran facilidad, por lo que decía antes, porque los personajes siguen estando en mi cabeza a lo largo del día. Porque me descubro en alguno de los muchos sentimientos de la narradora y, sin querer, vuelvo a la Juliette que vivía en un barrio obrero de la Zaragoza de los ochenta. El de las acequias cruzando las calles, sin tapar, y el de La Granja empezando a cambiar su original fisonomía de esa “granja” que le da nombre por lo que ahora conocemos: el parque, los colegios, las piscinas…

Realmente, no ha sido la lectura del libro lo que ha removido estos recuerdos que ahora fluyen de mi cabeza, si no escribir… Y es que, ya lo decía también doña Rosa (Montero): “Uno no escribe para enseñar nada, escribe para aprender, para intentar poner un poco de luz en las tinieblas de lo que somos.” Así que gracias, Elena Ferrante, quien quiera que seas, por escribir una historia como la de “La amiga estupenda”. Y gracias a mi amiga, por recomendarme su lectura.

SUEÑOS DE CHOCOLATE

SUEÑOS DE CHOCOLATE

Hoy debe ser un día especial. Lo sé desde el momento  que he visto que María se pone su delantal limpio, elige un disco, le da al play y, mientras suenan las primeras notas de guitarra de Fragile, comienza a sacar del frigorífico la leche, del segundo estante el azúcar, los sobres de cuajada, la nata y… ¡si!, las tabletas de chocolate.  Tarta de 3 chocolates. Decididamente, es mi preferida. No sé cómo, pero mantengo vagamente el recuerdo de aquel día que la probamos en casa de aquella mujer que vivía cerca de la montaña… No puedo recordar su nombre pero sí que era finales de octubre, cuando el otoño nos regala una de sus mejores postales, con los árboles cada vez más desnudos y las hojas caídas formando esa sorprendente alfombra que nos invita a salir a la calle por última vez antes de que el frio del invierno nos convenza de quedarnos en casa calentitos, tapados por una cálida manta y saboreando una taza de chocolate caliente, mientras suenan los compases de Shape of my heart.

… Ya pasó Navidad, con su turrón de chocolate y esa caja de bombones que siempre aparece  en la mesa el día de Nochebuena y que, a duras penas, llega al día siguiente con alguna pieza todavía dentro. Pasaron muchos días de mantita y taza de chocolate. Luego llegó la primavera, y volvimos a salir al parque, a pasear, a oler el perfume de las flores y a escuchar la algarabía de los niños encorriéndose, disfrutando de la maravillosa libertad de encontrarse sin paredes ni puertas cerradas. Algún  día llovió y nos quedamos en casa. Me gusta quedarme en casa y dejarme atrapar por algún recuerdo de mi niñez, como cuando pedía para merendar un poco de pan con chocolate… y entonces María me trae  una porción de chocolate con una rebanada  de pan.

Hace calor. Puede que ya sea mayo, o junio, o julio… Empieza a llegar gente a casa. No me resultan desconocidos, pero… no consigo recordar cómo se llaman ni quiénes son. Todos se acercan, me achuchan, me dan uno, dos o un montón de besos en la cara y me dicen: “Felicidades Julieta”, “Felicidades mamá”, “Felicidades abuelita”… Durante la comida todos hablan, yo no. No se me ocurre nada que decir. Apenas necesito ya nada, si acaso, que traigan pronto la tarta de chocolate.

 

A veces nos asaltan los fantasmas del futuro. A los que vivimos de alguna manera familiarizados con la enfermedad del alzhéimer nos da por imaginar que algún día puede que nosotros mismos estemos en la misma situación en la que ahora se encuentra esa persona querida y cercana. Porque para entender, cuidar y acompañar a estos enfermos hay que echarle mucha imaginación. Desde el momento que esa persona va dejando poco a poco de ser la que era, desde el momento que resulta imposible entender lo que te trata de explicar, desde el momento que empieza a hacer cosas que nunca imaginaste que llegara a poder hacer, hay que tener mucha imaginación para tratar de descifrar algo de lo que pasa por ese cerebro neurológicamente devastado. El alzhéimer, sencillamente, te va despojando no sólo de la memoria de tu día a día, si no también de casi todas tus habilidades, sociales y personales. Tras observar a mi suegro todos estos años, a mí me gusta imaginar que, con esta enfermedad, lo último que se pierde son esos pequeños placeres primarios y sensoriales, como el frío o el calor, el olor de un paseo por caminos de lavanda o hierbabuena, una canción, el canto de un pájaro o el sonido de las hojas secas al pisar, el tacto suave de una pequeña caricia o sabores intensos como el del chocolate.

El relato del principio lo escribí hace unos años. Me apetecía recuperarlo para este blog y para hoy, especialmente, día mundial del alzhéimer. Confieso que le he dado unas cuantas vueltas hasta dejarlo como lo acabáis de leer. Espero, de alguna manera, contribuir a visibilizar un poquito más a estos enfermos y a sus cuidadores.

 

Jon Ícaro

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