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ERFURT

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ERFURT

Los girasoles y las flores de lavanda. Los jardines en general y a las puertas de las casas en particular. En Erfurt el próximo año va a ser la Buga 2021, como una expo de flores o algo así, me imagino. Debe ser por eso que media Erfurt está en obras. Por un momento pienso en que podíamos haber venido el próximo año pero luego pienso que mejor así. Seguro que al año que viene hay demasiada gente por las calles y terrazas.

Los pajaricos cantando y revoloteando cerca. Ese pajarillo que se acercó a nuestra mesa el domingo por la tarde cuando, recién llegados y tras el chaparrón, nos sentamos a beber la primera cerveza alemana de este viaje.

Las ventanas abiertas, sin aires acondicionados. Hace calor, pero no es tan agobiante como el que nos cuentan que hace en Zaragoza.
Mascarilla solo en las zonas de tránsito. Las camareras te explican en un amable inglés universal que no es necesario que la lleves puesta en la mesa mientras te dejan la ficha en blanco donde reflejar tus datos para rastrear si salta algún caso de covid.
En Erfurt vemos pasar montones de tranvías pero no hace falta coger ninguno. Preferimos pasear, apartándonos todo lo posible cuando nos cruzamos con alguien. Aprovechamos este eventual y particular vacío legal que nos permite reducir el uso de la mascarilla aunque solo sea por unos días. No importa que luego duelan las piernas al subir los cuatro pisos de escalera. Cuenta L que en Erfurt apenas hay ascensores. El edificio más alto que vemos es el de la residencia de la universidad, el que inauguraron el pasado otoño. 10 pisos de altura. En ese sí que hay ascensor. Allí vive Juan Carlos. Ya lo conocíamos por foto. Nada más llegar nos encontramos con él por la calle, corroborando la teoría de que Erfurt es como un pueblo. Es fácil encontrarte alguien conocido en cuanto sales a la calle. Nos ha pasado. En estos días hemos dejado que L hiciera sus multiples despedidas de gente del Erasmus, a las que casi siempre le ha acompañado su hermano, y nosotros hemos ido por otro lado. Cada uno a su rollo. Gente joven por su lado, nosotros por el nuestro… Pues nos hemos encontrado… Como cuando estás en el pueblo en fiestas y te encuentras con tus hijos (o tus padres) sin querer pero es que no lo puedes evitar porque esta ciudad (o este pueblo) es tan pequeño…

Bicicletas. Muchas bicicletas. Aparcadas por todos lados, circulando a fuerte pedaleada o simplemente paseando sujetadas por el sillín con admirable pericia. Martha se aleja con su bicicleta, portando en la cesta la planta que L le acaba de dejar en adopción. Martha ha sido muy simpática. Esa foto que nos ha hecho a los cuatro en el Krämerbrücke seguirá en el móvil de L. Espero que cuando lea este post se acuerde de pasármela. Retiro la mirada cuando se abrazan en la despedida… todos sabemos que enseguida me solidarizo en esto de echar un llorico y el motivo lo requiere, pero no quiero unirme al drama. Debo hacer bien mi papel de madre fuerte…

Conseguir que nos pongan (¡por fin!) un café con hielo como Dios manda después de una buena comida en un restaurante alemán (y no italiano, que aquí abundan mucho) gracias al estupendo blog Cronicas Germánicas. JL es un genio buscando información absolutamente necesaria e imprescindible.

El nudo en la garganta al salir del campo de concentración de Buchenwald. Parece mentira que en medio de ese frondoso y espectacular bosque, verde verdísimo, miles de personas sufrieran la maldad extrema por parte de otras. Camino entre las vitrinas observando los objetos rescatado y/o cedidos por los supervivientes que documentan y dan una cierta idea de lo que en ese mismo lugar sucedió hace ochenta años. Busco entre mis recuerdos lo leído en algún libro o visto en algún documental o película y vuelvo a una reflexión redundante de las mías, similar a la que encontramos en una de las vitrinas… Dicen que no lo sabían pero sí que lo sabían aunque no lo quisieran saber… ¿por qué se consintió todo aquello? ¿y en la actualidad? ¿cuántas atrocidades son igualmente consentidas?…. Basta con mirar para otro lado…

Las librerías. Las librerías de niños. Las librerias que te cuentan un cuento si echas una moneda. La biblioteca. La municipal de Erfurt, a la que no tenemos claro si podemos entrar porque no entendemos el alemán (la importancia de hablar idiomas) pero sospechamos que, por la covid, no va a poder ser. La biblioteca de la duquesa Ana Amalia en Weimar. Otra biblioteca que sufrió un devastador incendio hace no tanto. Creo que me quedan unas 80 paginas para acabar El infinito en un junco. Se quedó en Zaragoza. Igual habla de ella en esas paginas que me esperan a la vuelta.

Concierto en una noche de verano. En la Domplatz. Orquesta sinfónica de Erfurt tocando en un recinto vallado al aire libre aprovechando la larga escalinata, 70 peldaños, que sube a la catedral, actualmente en obras (como media Erfurt). El escenario para la orquesta cubierto con una moderna carpa. El coro en la escalinata y separados por ese metro y medio al que ya nos hemos acostumbrado a guardar allá donde vamos. Entradas agotadas y en la pantalla de fuera solo imágenes de otros festivales. Rodeamos la valla metálica buscando ese punto muerto por el que se puede ver un cachito de escenario, lo justo para ver al director y la soprano e intuir al resto. Es como el gallinero de los antiguos teatros. Allí nos juntamos gente corriente, de cualquier edad y con una cierta pasión por la música. Pieza a pieza nos vamos animando y acabamos dando las pertinentes palmas que marcan la pieza final, la marcha Radetzki, como si volviéramos al 1 de enero, al comienzo de este extraño año. Imaginamos un 2020 ligeramente distinto, sin covid a poder ser.

CATORCE

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CATORCE

Catorce días hace que “Catorce”, el nuevo libro de Paula se terminó de imprimir. Me gustan los pequeños detalles, al igual que me gusta jugar con las palabras y los números. Por lo que yo sé, de detalles y palabras Paula va sobrada. Quiero pensar que esa es una de las cosas por las que empatizamos las dos cuando nos conocimos, hace justamente ahora diez años. Ella buscaba una historia que contar en su espacio de los lunes en el Heraldo de Aragón y encontró la mía gracias a una carta al director con la que servidora se desahogada de un desengaño socio-laboral. Es curioso como el tiempo pone todo en perspectiva. Recuerdo que durante aquella entrevista acabó compartiendo conmigo su propia experiencia, su reivindicación sobre la conciliación laboral y la crianza de sus hijas. Tras aquel encuentro ese trauma que yo experimentaba, fruto de mi historia, fue disolviéndose lentamente. Pasaron cuatro años y, no recuerdo muy bien cómo, me enteré que publicaba su primer libro. Lo recuerdo porque coincidió con los inicios de este blog y me lancé a hacerle una pequeña reseña. Ahora me parece una osadía pero, gracias a eso, comenzamos a seguirnos y a leernos en nuestros blogs y comenzamos a tejer una amistad de lecturas y escrituras impregnada de una cierta complicidad ética y social.
Ayer, durante la presentación del libro, jarreaba como hacía tiempo. Utilizo una expresión habitual gracias a mis referentes familiares riojanos. Otra conexión más con Paula. Reyes, la editora, se ilusionaba al comienzo del encuentro entre la escritora y sus lectores adaptando el dicho popular de las novias y que yo voy a aragonizar: “Autora chipiada, autora afortunada”. Lo dijo Nacho también, aquello de que la vida había sido generosa con Paula… No deja de ser una constatación de lo que cantaba Jorge Drexler “cada uno da lo que recibe, luego recibe lo que da…” Pues eso. Todos los que, de alguna u otra manera, conocemos a Paula, creo que estaremos de acuerdo en algo, en que ella, en sí misma, es un ser de luz y que, como tal, irradia buenísmo por todos los poros de su piel… y cuando escribe, también.

Tengo la suerte de haber leído ya “Catorce” pero no me atrevo a contar nada más allá de lo que se ha podido decir en las distintas entrevistas de la promoción del libro. La autora habla de su obra como de una novela coral. Confieso que he tenido que buscar lo que significaba, por si acaso lo que suponía no era correcto. Cada vez dudo más de lo que sé o lo que pude aprender en la escuela, pero era lo que imaginaba, una historia contada a través de varios personajes que conocen al protagonista y que, a la vez, cuentan también su propia historia. Una historia que, como la autora explica, podría ser real, pero es inventada. Una historia que acaba por cuestionarnos, por cuestionar la sociedad en que vivimos, que cuestiona muchos mensajes que recibimos a través de las noticias y de las redes sociales, una historia que nos hace pensar porque, como bien definió ayer Paula, la escritura es libertad y, yo añado desde el otro lado, no hay nada que nos haga más libres que la lectura.

Si después de leer esta entrada te animas a leer el libro encontrarás personajes aventureros y soñadores, también personajes comprometidos y sufridores. Según tu edad o experiencia es posible que empatices más con unos que con otros pero me atrevo a decir que ninguno te dejará indiferente. Encontrarás canciones que quizás te suenen o quizás no pero que, por curiosidad, acabarás escuchando e incluso añadiendo a tu playlist de spotify. También encontrarás lugares que, si vives en Zaragoza, seguramente te sonarán pero, además, acabarás viajando a lugares que, como yo, nunca te planteaste visitar pero que, por obra y gracia de la lectura, te da la sensación de que alguna vez incluso pudiste llegar a recorrer. Si eres futbolero, recordarás gestas de algún futbolista conocido y quizás evoques momentos de tu propia historia personal. Incluso a mí, que no llego a la categoría de futbolera, me ha pasado. Es verdad, Paula, el fútbol también forma parte de nuestra cultura, queramos o no. 

Como dice uno de los personajes de esta historia: “si Karim triunfaba en la vida, su éxito compensaría por todos los que se quedaban por el camino”. Ojalá la lectura de este libro remueva conciencias que eviten que tantos seres humanos se sigan quedando por el camino.

YO ME QUEDO EN CASA

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YO ME QUEDO EN CASA

Hace una semana, mientras caminaba hacia mi lugar de trabajo, recordaba algunas de las entradas de este blog. Los que os asomáis habitualmente por aquí sabéis que siempre acabo reflexionando en voz alta sobre lo que me gusta y lo que va ocurriendo en mi vida cotidiana. A veces también sueño despierta. Aquella mañana, mientras recorría una de las calles, escuchaba cantar a los pajarillos y me hacía consciente de que pronto la primavera volvería a nuestras vidas.  Esa sensación de calorcito mitigó levemente el miedo que comenzaba a impregnar el ambiente desde hacía días y que finalmente se confirmó con el estado de alarma decretado por el gobierno al día siguiente.

Poco a poco hemos aprendido a quedarnos en casa y a saludarnos desde el balcón con un beso lanzado al aire. Primero fueron las recomendaciones que se multiplicaron a través de los medios de comunicación y las redes sociales, por si la orden decretada por el gobierno no fuera suficiente. Luego ha sido otra multiplicación, la de los casos de coronavirus en nuestra ciudad, en nuestro país y en el mundo entero, lo que finalmente ha acabado por convencernos de que no hay otra manera de acabar con el contagio. Pandemia mundial lo llaman. Suena muy fuerte, pandemia y mundial. Suena realmente serio. Da miedo buscar e interpretar la curva que el ministerio de sanidad actualiza cada día.

Hemos cambiado nuestras particulares rutinas diarias por otras. Se supone que ahora tenemos ese tiempo que muchas veces añoramos, el de hacer cosas que nunca nos da tiempo de hacer. Ordenar armarios, limpiar a fondo el hogar, cocinar bizcochos, jugar y ver pelis en familia… Estamos obligados a un parón forzoso al que la mayoría no estamos acostumbrados. Los que sí han tenido esa experiencia, mayormente por enfermedad o por ausencia de trabajo nos dan consejos: Mantén los horarios, la higiene y la actividad física… En definitiva, mantente ocupado.

La escritora Lea Vélez, escribía hace unos días,“en la crisis, dame algo que hacer”. Y eso hemos hecho. Ante la carencia de mascarillas, las máquinas de coser de cientos de hogares se han puesto en marcha. No solo se multiplican los positivos en coronavirus, también las plataformas y acciones solidarias… cuidar a las niñas y niños cuyos progenitores no tienen la opción de teletrabajo, ayudar con las tareas que mandan desde el colegio cerrado, hacer la compra a las personas mayores, acompañarles al médico, llamarles por teléfono para hablar…

Hay quien dice que todo esto nos va a cambiar como sociedad. Incluso que nos va a mejorar. Puede ser. De momento los niveles de contaminación han bajado considerablemente, sobre todo en las grandes ciudades. Eso ya de por sí es un prueba de lo que muchos reclamamos hace ya tiempo, de la importancia de los cuidados entre las personas sin olvidarnos de cuidar nuestro planeta. Y de que sí se puede hacer algo. Yo estos días sigo comprando en la frutería de siempre, nada más bajar la cuesta de mi casa. En Héctor he encontrado un cómplice en esto del cuidado de las personas y del planeta. Abastece el barrio de productos de proximidad y está empeñado en que dejemos de utilizar bolsas de plástico, pero su manera de acostumbrarnos es de una sensatez exquisita. Nada de cambios drásticos. Poco a poco, para que nos vayamos contagiando unos a otros. Porque hay contagios que sí merecen la pena.

¿Y tú? ¿Qué vas a hacer cuando todo esto termine?

 

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Gracias infinitas a mis redes que me han proporcionado fotos de sus pequeños artistas. ¡Sois increíbles!

Y millones de gracias a Pinceles de Papel por regalarme un lettering muy especial con el que presentar este post.

 

 

 

 

 

 

VACACIONES

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VACACIONES

Hace unos días, más de una semana ya, que volví de ese viaje que dejaba intuir en mi anterior post. Aterrizaba de nuevo, ahora ya en casa, quizás un pelín menos pálida y bastante más relajada, a pesar del cansancio del viaje. Las vacaciones llegan cuando llegan. No todo el mundo puede disfrutarlas en verano y, en nuestro caso, este año así ha sido. Las hemos disfrutado pasadas las navidades y cuando el año siguiente ya llevaba unas semanas de andadura. Y si esto no era motivo suficiente, al descanso laboral hemos sumado una celebración pendiente, la de nuestra Reluna de Miel, colofón de aquella Reboda que sí celebramos en su momento, al comienzo del pasado verano.

No sé si en la mente de nuestros amigos, cuando decidieron regalarnos “una experiencia”, estaba aquel post que escribí hace ya más de cinco años. Lo que sí puedo decir es que, en la nuestra, en nuestra mente, se convirtieron en la mismísima lámpara de Aladino y, lo que en abril era una idea descabellada, poco a poco fue tomando forma a lo largo de los meses.  Una buena amiga me dijo algo así como que los viajes se viven tres veces: cuando se planean, cuando se realizan y cuando se recuerdan…. Así que a ello vamos, a por la tercera fase, la de recordar.

La verdad es que nunca habíamos planeado viajar a California. Nos conformábamos con conocer aquella cultura a través del cine y poco más, pero resulta que al Sr. Sting se le ocurrió protagonizar su musical por aquellas tierras y dijimos ¿y por qué no?. Me gusta pensar que la cara de asombro, y también de alegría, de nuestra gente cuando les dijimos el destino de su regalo nos ha proporcionado algo así como una energía positiva para disfrutar este viaje en todos los sentidos y para que todo nos haya resultado perfecto. El vuelo bien: nuestras maletas siempre controladas, aduana sin problemas, horarios dentro de lo correcto… Alojamiento también bien,  un motel sencillo, limpio y de acuerdo a nuestras posibilidades económicas. ¿Y la gente? Bastante amable, también. Nuestro primer contacto, la persona con la que primero tuvimos que interactuar, fue el agente de aduanas, un señor yo diría de origen filipino que se esforzó en todo momento por hablar español y sonreir mucho. Yo me lo tomé como su manera particular de darnos la bienvenida a USA. Eso me lo apunté. Cuando vea que se complica la comunicación sonreiré mucho. Funcionó.

Las señoras asiáticas que regentaban el Donut King, madre e hija en mi cabeza, también sonreían mucho. A sus clientes siempre. Entre ellas había momentos en que se decían de todo, pero yo veía buen rollo entre ellas. Nunca olvidaré sus vocecillas cantarinas mientras repetían los pedidos. El Donut King lo descubrimos nuestra primera mañana en Santa Mónica, camino del Pier (el muelle desde el que vimos por primera vez el océano Pacífico) y a escasos diez minutos andando de nuestro motel. El Donut King estaba al lado de un Starbucks al que nos resistimos a entrar hasta el último día en el que, y por no hacerle un feo, ya que pasábamos todos los días por la puerta, surgió tomarnos el último café americano mientras hacíamos tiempo antes de devolver el coche a la casa de alquiler y abandonar el país a través de la puerta de embarque del aeropuerto. El Donut King era un local bastante particular. En principio parecía un local de take-away al que luego habían decidido añadir, para aliviar la espera de sus clientes mientras preparan los pedidos, una mesa y sillas que tenían por casa y otras que habían rescatado de la basura de la reforma de algún local cercano de comida rápida. Mucha gente entraba a por sus cajas de donuts, como si fuera una pastelería, pero unos carteles invitaban a degustar gran variedad de sándwiches a la plancha que estaban espectaculares. También me encapriché con esos zumos que han puesto de moda las celebrities y me quedaba fascinada mientras metían a la máquina zanahoria, apio, fresas, manzana o lo que les pidiese y luego sellaban con plástico el vaso para que resultase más fácil tomarlo por la calle. Allí aprendimos lo que luego vimos en el resto de cafeterías que conocimos, que el tema de la leche y el azúcar funciona en plan self-service. La verdad es que era difícil encontrar cafeterías donde te sirviesen el café en taza. Aún así, las encontramos. La mayoría utilizan los vasos de plástico o de cartón, opción muy poco sostenible con la que la vocecilla de Greta asomaba por mi oreja impidiéndome disfrutar uno de mis momentos preferidos del viaje: el momento desayuno en el Donut King. A lo largo de la semana tuvimos la oportunidad de desayunar con las risas de las adolescentes del Santa Mónica High School haciendo los deberes en el último momento y contándose sus cosas; con la charla de unas mujeres que bien podrían ser Salma y Pe, eso sí,  vestidas como si fueran a rodar con Almodóvar (cero glamour), hablando de sus países y contándose si volverían o no; con aquel tipo en skate y americana que me recordaba ligeramente a Billy Crystal; con el señor afroamericano que entraba y saludaba bromeando familiarmente con las dueñas como si fuera el mismísimo Will Smith… ¡Oh, yeah!

(To be continued)

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TEORIA DE LA RELATIVIDAD

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TEORIA DE LA RELATIVIDAD

Durante un viaje largo pongamos, por ejemplo, un vuelo de unas doce horas, aprendes a relativizar un poco más todo. Para empezar, desconectas el móvil y ya no te entran más mensajes en el WhatsApp, lo cual te hace caer en la cuenta de que tú tampoco vas a poder dar noticias. Aunque quieras, no vas a poder. Los que dejas en casa tendrán que esperar todo ese tiempo que tardes en llegar a destino y vuelvas a tener datos (si la nueva tarjeta funciona). Ahora entiendes un poco más a tus hijos cuando esperas ansiosa noticias de sus viajes. ¿Te entenderán también ellos a ti?

Todo son dudas. ¿Pasaremos el control de la aduana? Te gustaría contestar, si te preguntan por la profesión, que eres escritora. Pero no puedes. En su día rellenaste el ESTA con la profesión con la que realmente te ganas la vida. ¿Llegaremos al hotel sin contratiempos? Comienzas a notar turbulencias y al final por megafonía una voz las anuncia y te pide que te abroches el cinturón. Miras por la ventana y las nubes siguen allí. Si no fuera por el ruido de los motores dirías que el avión permanece suspendido en el cielo pero quieto, sin moverse. Apenas se notan a la vista esos montículos aéreos que imaginas en tu ignorancia. En ese momento eres consciente de cuántas cosas desconoces todavía. “Tu que eres tan guapa y tan lista…”, canturreas mentalmente.

En un viaje tan largo da mucho tiempo para meditar. Recuerdas las últimas semanas en las que tratabas de mantener un cierto equilibrio entre tu vida cotidiana y los preparativos del viaje. En Zaragoza hace un frío genuinamente invernal. Estamos en enero, es lo normal. Sin embargo en destino se espera un clima más cálido. Comienzas a hacer una lista con el equipaje que vas a necesitar. Los más cercanos te preguntan días antes si ya tienes las maletas hechas. Tu piensas que no físicamente, pero sí mentalmente. Esa es una de las muchas ilusiones del viaje.

Vuelves a mirar por la ventanilla y ahora el sol está rojizo. ¿O será la luna? Vuelves a caer en la cuenta de que eres una auténtica ignorante, así que tus pensamientos vuelven a terreno conocido. Piensas en los que quedaron en tierra. Amigos y familiares con enfermedades varias, algunos pendientes de operaciones o tratamientos. Deseas para todas esas personas queridas una pronta cura. Tampoco eso está en tu mano. Y vuelves a relativizar. Recuerdas un último consejo de todas esas personas que te desean buen viaje. “Disfruta, vive el momento. Devuélvele esa sonrisa a la vida, ahora que la vida te sonríe”. Nunca sabes cuándo puede volverte nuevamente del revés. Mira Kobe…

Vuelves a mirar por la ventanilla y ahora todo es oscuro. Tenuemente se vislumbra en el horizonte una ligera raya rojiza. Intentas captarla con la cámara del móvil pero no se aprecia. Sólo la ves tú y ahora, en este instante. Tratas de retenerla en tu memoria. Miras el reloj y solo han pasado cuatro horas desde el despegue. Un tercio de viaje hecho. Intentas no pensar en lo que queda. Una jornada laboral. Eso es lo que queda. Y entonces vuelves a relativizar. Maldito Einstein, piensas.

EinsteinRelatividad

 

LA BELLEZA

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LA BELLEZA

Tengo una amiga que le encanta la belleza. Lo intuyo porque de vez en cuando inunda nuestro whastsapp con fotos de amaneceres, de alfombras de hojas otoñales, de calles y plazas de ciudades absolutamente maravillosas, de música… Le encanta la belleza y le encanta compartirla. Creo firmemente en el efecto contagio, tanto para bien como para mal. En este caso agradezco enormemente su actitud.

Uno de los preceptos del mindfulness es la atención consciente. Hace un tiempo, en la escuela de padres del colegio de mis hijos, cuando apenas se oía hablar de esta técnica, ya tuve oportunidad de descubrirla en unos talleres que tenían un extraño nombre: “Talleres de Interioridad”. El tiempo me ha llevado a confirmar que sencillamente consiste en eso, en interiorizar los beneficios que nos aporta ser conscientes de todo aquello que la vida nos regala en el día a día. En aquellas sesiones nos “enseñaron” a pasear con una postura que predisponga al cuerpo a recibir todos esos pequeños mensajes que podemos encontrar en el camino. Lo del regalo es una conclusión que yo saqué al practicarlo, porque al final llegas a percibir todo como un precioso y maravilloso regalo. Y sobre todo nos enseñaron a poner atención en todo lo que nos encontramos en el camino.

Como todo en esta vida, sólo se trata de practicar, hasta que llega un momento que sale solo. Como pisar el acelerador o el freno en el coche o teclear las letras para escribir este post.

La otra mañana veía el reflejo del amanecer en la ventanilla del tren de cercanías en el que me desplazo todos los días a trabajar. Somos animales de costumbres y, desde el primer día que monté en el tren, siempre suelo buscar el mismo asiento, en el mismo lado. Desde aquella mañana, he cambiado de lado e incluso estaría dispuesta a sentarme en dirección contraria al sentido del tren si con ello puedo regalarme otro amanecer como el de aquel día. No se ha vuelto a repetir (al menos en el momento-tren).

A veces nos come la monotonía del día a día y nos parece que vivimos en un continuo día de la Marmota, como Phil Connors (Bill Murray) en aquella película, para mí un clásico, de los noventa. Desde aquellos talleres ya no lo creo. Siempre hay pequeños momentos que hacen el día a día diferente y, por mucho que nos empeñemos en repetir patrones, sobre todo cuando buscamos aquellos momentos felices y realmente memorables, no lo vamos a conseguir. Sospecho que más bien la clave está en poner atención en todo aquello que nos podamos encontrar y observar cómo va cambiando nuestra percepción de ver las cosas. Phil Connors, al principio de la historia, es un tipo necio y engreído, como cantaría la gran Rocio Jurado. Pero Phil, conforme va descubriendo nuevas cosas en su monótona y aburrida existencia en Punxsutawney, va cambiando su mirada, hasta convertirse en una bellísima persona, incluso en un ser de luz, me atrevería a decir.

Estos días convulsos en los que el día de la Marmota se manifiesta en las calles y carreteras de nuestra querida Cataluña, me gustaría que hubiera más Phil Connors que supieran ver un poquito más allá y mirar más a los ojos de los demás hasta encontrar ese ser de luz que todos podemos llevar dentro. En cuanto a los políticos, no sé qué pensar. La realidad nos demuestra día a día que ellos sí que son casos perdidos.

Foto de portada de Freepik

VERANO

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VERANO

Verano de 2019. ¿Cómo lo recordaré pasados unos años?  No voy a tener una referencia vacacional como el verano de Ligüerre, o el verano de Menorca o el verano de Portugal así que supongo que será el verano de la reboda. La Reboda, así bautizamos familiarmente una celebración con la que, a finales de junio, cerquita de la noche de S. Juan,  festejamos nuestros primeros 25 años juntos.  En realidad,  no dejaba de ser una excusa como otra cualquiera para celebrar algo tan sencillo como es la vida y la amistad. Resacosos perdidos de emociones, costó recuperar el ritmo cotidiano. Quizás por eso, el quinto aniversario de este humilde blog pasó sin pena  ni gloria, es decir, sin celebración.

Lo cierto es que este verano el cuerpo me ha pedido más lectura que escritura. También las circunstancias han hecho que me dedique más a aprender que a escribir. Más a observar que a escribir. Más a soñar que a escribir. Estoy viajando mucho, pero en cercanías.  Sentada en el vagón observo paisajes, andenes, personas… Imagino otras culturas, otras vidas, otras historias. 

En cuanto a lo de leer, descubro que he elegido muy bien la lectura de este verano (o ella me ha elegido a mi, siempre me asalta la duda). Es un libro que me está permitiendo viajar por toda Europa, incluso a través del tiempo. Se trata de Una lección olvidada, del periodista Guillermo Altares. Se lo regalaría a todas las chicas y chicos que, mochila a cuestas, viajan cada verano gracias al interrail. Incluso fantaseo con la idea de hacer ese interrail yo misma. ¿Habrá interrail para cuando me jubile? Creo que estoy dejando demasiadas cosas pendientes para entonces… ¿Me dará tiempo a todo?

Los recuerdos del Facebook hacen que añore otros veranos, como esas barbacoas nocturnas en el corral de la casa del pueblo, rematadas con rosquillas de mi madre, sacadas a la fresca y compartidas con vecinos que cuentan mil y una aventuras de tiempos pasados que, aunque suenen repetidas, siguen provocando risas cubiertas de complicidad. Como los granitos de azúcar que cubren y endulzan las rosquillas de mi madre. Igual.

Haciendo algo de repaso de estos cinco años de blog confieso que sigo enfadada con algunos temas. Por ejemplo, con los políticos incapaces de hacer bien su trabajo. También estoy enfadada con el Heraldo de Aragón. Por lo de los eres de este verano, sobre todo. Sin embargo, me muero por pillarlo en cuanto tengo ocasión durante el café del almuerzo. Busco con avidez las columnas de Cristina Grande o Picos Laguna. Siempre me han gustado sus miradas. La de Paula o Cristina Delgado  las tendré que buscar en otras páginas, me temo. ¡Maldito mercantilismo de m… que se permite prescindir de buenas profesionales!  Aún así, me alivia comprobar que hay cosas que no cambian, como la ilusión de los zaragocista cada comienzo de liga. Este año la ilusión tiene nombre y rasgos orientales, los de Kagawa. ¿Será éste el año del ascenso? Con menos redactores pero el Heraldo lo seguirá contando. Como seguirá contando la gran crisis humanitaria de los refugiados para que luego cada uno defendamos en la barra del bar (o en el muro del Facebook) si el Open Arms debería o no seguir rescatando personas antes de que se las trague el Mediterráneo. Yo lo tengo claro, sobre todo cuando escucho canciones como esta íntima (y preciosa) versión de Rozalen y su banda. Es fácil reconocerla. La original es de Juanes. 

Postdata: en la foto de portada un robado de la reboda. El cura no sale, pero lo hubo. Si me estás leyendo desde tu smartphone seguramente no la veas… Es un robado y los robados se cotizan doble, búscate un pc 😉

ABRIL

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ABRIL

¿Quién me ha robado el mes de abril? Como Sabina yo también me lo pregunto. Entre torrijas, incienso, tormentas y debates electorales nos hemos plantado en un final de mes que ha vuelto a vestir de verde los tilos desnudos del paseo Independencia.

Hoy me despierto con la alarma de JL y yo, que vuelvo a no tener la obligación de levantarme con la llamada de un reloj, me despachurro por toda la cama, incapaz de hacer que mi cuerpo se ponga en movimiento. Será la astenia primaveral, pienso mientras mi mente sí que toma esa iniciativa de ponerse en marcha un día más. Todavía en la cama comienzo a escribir este post mentalmente y rememoro todo el ruido de estos días, el de los tambores semanasanteros de mi ciudad y el de los debates electorales de la televisión, a pesar de que Rivera invite a escuchar el silencio para sacar luego de su chistera una tarjeta sanitaria única y rojigualda que va a curar, por arte de magia, todos los males de este bendito país.

Cuando por fin me levanto y enciendo la radio escucho que Casado va a celebrar su acto de fin de campaña en el Wizink Center y a mí el Wizink me suena a música francesa, más concretamente la de Zaz y ese concierto que disfrutamos casi en familia justo cuando comenzaba este mes de abril que se nos escapa de las manos. J no vino a Madrid, J se quedó en Zaragoza a estudiar y a experimentar con la repostería, el horno y la batidora. Este año nuestra semana santa y nuestro San Jorge lamineros han tenido sabor a hojaldres con nocilla y tartas de oreo y nuestro San Jorge librero sabor a Masa Madre, la de Iguazel Elhombre. Me sumerjo en su lectura y vuelvo a identificarme con aquella primera maternidad de hace casi veinte años, mismos sentimientos, mismas sensaciones, mismos deseos para el futuro… Qué bien lo cuenta Iguazel… Me paro en el capítulo del 6 de abril, el de Popi Estrellitas, en el que cuenta ese extraño sueño que le atormenta con tener que elegir solo cinco cosas que enseñar a su hija de seis meses. Comienza a enumerar todas aquellas cosas que necesita enseñarle y el agobio se transforma en angustia, hasta que descubre que no es necesario elegir porque con el paso del tiempo juntas irán aprendiendo… Busco el marcapáginas, aquel recuerdo de Florencia que me trajo L en el 2016 según reza en su dedicatoria, cierro el libro y los ojos y me hago consciente de otra realidad, la de que aquellos deseos de futuro ya han llegado porque L ya ha votado. Sus primeras elecciones. Su primer voto por correo. L vuela cada vez más tiempo sola y vuela cada vez más lejos, pero sonrío aliviada al ver que ese cordón que cortó Concha, la matrona, un día de otoño del siglo pasado, sigue existiendo, más fuerte y más poderoso que nunca.

Aquí os dejo una canción de la Zaz más intimista y que también disfrutamos la noche del Wizink.
Espero que os guste casi tanto como a mi.

MUERTE

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MUERTE

Estoy totalmente bloqueada. Acabo de volver de pasar tres días en Madrid donde no hacía más que guardar en el equipaje de mi cabeza imágenes y pensamientos con los que luego poder escribir un post bien bonito, de esos con los que intento ofrecer una lectura fugaz que os haga esbozar una mínima sonrisa, pero mi móvil no para de recibir mensajes con la noticia de que un amigo de juventud falleció anoche de un infarto. Me paro a pensar un poco e intento recordar la última vez que lo vi. Creo que fue en el tanatorio. Tenemos amigos comunes que sí han seguido manteniendo y regando esa amistad, seguramente a base de cervezas y buenos vinos, pero la verdad es que la vida, en estos últimos años, no nos puso a él y a mi en el mismo camino. Ahora pienso en que dentro de unas horas, cuando nos confirmen lugar y hora del velatorio, quizás coincida con más amigos con los que últimamente la muerte parece la única e ineludible excusa que tenemos para volver a vernos.

Imagino a mi amiga I organizando todo hasta el último detalle para que esta última despedida deje la mejor huella posible en esa familia que deja. Si hay una persona que puede hacerlo es ella ya que se dedica a eso y ha hecho de ello su profesión. JL, que nunca ha llevado nada bien lo de acudir al tanatorio o a un funeral, en poco menos de un año ha tenido que dejar dos veces en sus manos lo de organizar esa merecida despedida que todos necesitamos, los que se mueren y marchan y los que quedamos, huérfanos en su caso. Siempre comenta lo bien que lo sabe hacer nuestra amiga y el regalo que supone tenerla en nuestra vida.

Escribo huérfano y me duele escribirlo, porque es una palabra triste. Todas las palabras tienen connotaciones y ésta es una palabra eminentemente triste. Viuda también es una palabra triste… Mi amigo deja un niño y una niña huérfanos de padre y para mí, como madre, ese pensamiento empaña de más dolor, si cabe, esta gris mañana (hasta el cielo se ha puesto triste y llora la ausencia). Confío en la fortaleza de esa madre, prematuramente viuda, confío que el recuerdo de lo vivido por esa familia, ilusionada por crecer y vivir con plenitud, les dé la fuerza necesaria para seguir adelante con ese proyecto ahora truncado por un corazón, unos corazones, totalmente rotos. También confío en que esos amigos que sí que sabían buscar excusas para juntarse, pasara el tiempo que hubiese pasado, les arropen y les demuestren tanto amor como ahora y siempre se necesita.

Al final, acabo escribiendo este texto como si de una oración se tratara porque sólo me queda depositar esa confianza de la que hablo rezando a Dios, como creyente que necesito ser.

Por último busco un título que presente este escrito. Valoro durante un breve instante infarto pero me decido por muerte. Ya sé que no es una palabra bonita, que también es una palabra triste, de las que duelen hasta lo más profundo. Pero la vida en ocasiones también duele y este blog sólo pretende estar lleno de vida, aunque a veces duela.

Morir es alzar el vuelo. Sin alas. Sin ojos. Y sin cuerpo.

Así lo expresa el poeta mexicano Elías Nandino y lo desarrolla en otra imprescindible columna la escritora y periodista Rosa Montero.

PRIMAVERA

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PRIMAVERA

Acabo de estrenar nueva colonia. Huele a primavera, como la que acaba de comenzar. Hoy es el primer día que la llevo. Como estoy sola en casa, soy la única que lo puede apreciar, pero me estoy oliendo a mí misma y me encanto. Cuando paso por la habitación donde me la he echado compruebo que su aroma todavía permanece. Eso me ha hecho caer en la cuenta de que me gusta dejar algo de mí en los sitios, aunque sea una pequeña huella o pista, como en el escenario de un crimen.

Con los aromas corporales me pasa como con la voz. No estoy muy segura de que mi olfato o audición sea la misma a como los demás lo perciben. Porque a mí mi voz, la que yo me escucho, me mola mucho. Sin embargo, cuando oigo mis grabaciones de audio, no me reconozco. ¿Cuál es la real, la que yo me oigo a mí misma o la que escucho en la grabación? ¿Cuál es la que escuchan los demás? Porque si no estáis escuchando la que yo me oigo os estáis perdiendo una voz realmente maravillosa, llena de matices y supercálida. Perdonad mi narcisismo pero es que estos días necesito alguna palmadita en la espalda y como llevo toda la mañana sola, me la tengo que dar a mí misma.

Si algo bueno tiene cumplir años es que cada vez me importa menos lo que la gente piense o diga de mi. Como escribió Saramago, tengo la edad que quiero y siento. El año pasado cumplí cincuenta, según la partida de nacimiento, y no sé si como un acto de reivindicación de la redondez de la edad que iba a alcanzar o por puro hartazgo con los tintes de pelo, en mi visita primaveral a la peluquería decidí que no me teñía más el pelo. Así se lo comenté a mi peluquera que, como buena aliada, aceptó el reto, seguras las dos de que era una buena decisión. Sabíamos que el proceso iba a ser lento y que necesitaba una buena dosis de paciencia por mi parte para ir aceptando la imagen que el espejo me devolvía cada mañana y de confianza en su criterio profesional para que, en cada visita, con sus tijeras, despistara de alguna manera ese foco de atención que iba a ser llevar el pelo de varios colores sin que pareciese que era un síntoma de dejadez por mi parte. Me dijo que nos costaría un año. Ha sido un poco menos.

Creo que nos da miedo que el pelo blanco nos haga parecer más viejas, pero eso es sólo en un primer y superficial momento. Ayer me pasó una cosa muy curiosa. Estaba en la tienda de mi amiga R (tengo pendiente hablar por aquí del comercio de barrio y de la valentía de mi amiga) y la señora a la que estaba atendiendo se dirigió a mí diciendo, “porque esta señora que es más mayor que tu”… Entonces me miró a la cara y rectificó. “Ah, bueno, no”, y siguió con su historia. Ella se había fijado que había alguien con pelo blanco y ya pensó en la edad pero le bastó fijar un poquito más la mirada en el conjunto de la persona para cambiar de opinión. En cualquier caso, y como ya he dicho, no es tan malo hacerse mayor y, desde luego, lo de las canas y raíces blancas en el pelo, sin duda, ha dejado de ser una preocupación para mi. 

¡Feliz primavera, amigas y amigos lectores!

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