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LA BELLEZA

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LA BELLEZA

Tengo una amiga que le encanta la belleza. Lo intuyo porque de vez en cuando inunda nuestro whastsapp con fotos de amaneceres, de alfombras de hojas otoñales, de calles y plazas de ciudades absolutamente maravillosas, de música… Le encanta la belleza y le encanta compartirla. Creo firmemente en el efecto contagio, tanto para bien como para mal. En este caso agradezco enormemente su actitud.

Uno de los preceptos del mindfulness es la atención consciente. Hace un tiempo, en la escuela de padres del colegio de mis hijos, cuando apenas se oía hablar de esta técnica, ya tuve oportunidad de descubrirla en unos talleres que tenían un extraño nombre: “Talleres de Interioridad”. El tiempo me ha llevado a confirmar que sencillamente consiste en eso, en interiorizar los beneficios que nos aporta ser conscientes de todo aquello que la vida nos regala en el día a día. En aquellas sesiones nos “enseñaron” a pasear con una postura que predisponga al cuerpo a recibir todos esos pequeños mensajes que podemos encontrar en el camino. Lo del regalo es una conclusión que yo saqué al practicarlo, porque al final llegas a percibir todo como un precioso y maravilloso regalo. Y sobre todo nos enseñaron a poner atención en todo lo que nos encontramos en el camino.

Como todo en esta vida, sólo se trata de practicar, hasta que llega un momento que sale solo. Como pisar el acelerador o el freno en el coche o teclear las letras para escribir este post.

La otra mañana veía el reflejo del amanecer en la ventanilla del tren de cercanías en el que me desplazo todos los días a trabajar. Somos animales de costumbres y, desde el primer día que monté en el tren, siempre suelo buscar el mismo asiento, en el mismo lado. Desde aquella mañana, he cambiado de lado e incluso estaría dispuesta a sentarme en dirección contraria al sentido del tren si con ello puedo regalarme otro amanecer como el de aquel día. No se ha vuelto a repetir (al menos en el momento-tren).

A veces nos come la monotonía del día a día y nos parece que vivimos en un continuo día de la Marmota, como Phil Connors (Bill Murray) en aquella película, para mí un clásico, de los noventa. Desde aquellos talleres ya no lo creo. Siempre hay pequeños momentos que hacen el día a día diferente y, por mucho que nos empeñemos en repetir patrones, sobre todo cuando buscamos aquellos momentos felices y realmente memorables, no lo vamos a conseguir. Sospecho que más bien la clave está en poner atención en todo aquello que nos podamos encontrar y observar cómo va cambiando nuestra percepción de ver las cosas. Phil Connors, al principio de la historia, es un tipo necio y engreído, como cantaría la gran Rocio Jurado. Pero Phil, conforme va descubriendo nuevas cosas en su monótona y aburrida existencia en Punxsutawney, va cambiando su mirada, hasta convertirse en una bellísima persona, incluso en un ser de luz, me atrevería a decir.

Estos días convulsos en los que el día de la Marmota se manifiesta en las calles y carreteras de nuestra querida Cataluña, me gustaría que hubiera más Phil Connors que supieran ver un poquito más allá y mirar más a los ojos de los demás hasta encontrar ese ser de luz que todos podemos llevar dentro. En cuanto a los políticos, no sé qué pensar. La realidad nos demuestra día a día que ellos sí que son casos perdidos.

Foto de portada de Freepik

VERANO

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VERANO

Verano de 2019. ¿Cómo lo recordaré pasados unos años?  No voy a tener una referencia vacacional como el verano de Ligüerre, o el verano de Menorca o el verano de Portugal así que supongo que será el verano de la reboda. La Reboda, así bautizamos familiarmente una celebración con la que, a finales de junio, cerquita de la noche de S. Juan,  festejamos nuestros primeros 25 años juntos.  En realidad,  no dejaba de ser una excusa como otra cualquiera para celebrar algo tan sencillo como es la vida y la amistad. Resacosos perdidos de emociones, costó recuperar el ritmo cotidiano. Quizás por eso, el quinto aniversario de este humilde blog pasó sin pena  ni gloria, es decir, sin celebración.

Lo cierto es que este verano el cuerpo me ha pedido más lectura que escritura. También las circunstancias han hecho que me dedique más a aprender que a escribir. Más a observar que a escribir. Más a soñar que a escribir. Estoy viajando mucho, pero en cercanías.  Sentada en el vagón observo paisajes, andenes, personas… Imagino otras culturas, otras vidas, otras historias. 

En cuanto a lo de leer, descubro que he elegido muy bien la lectura de este verano (o ella me ha elegido a mi, siempre me asalta la duda). Es un libro que me está permitiendo viajar por toda Europa, incluso a través del tiempo. Se trata de Una lección olvidada, del periodista Guillermo Altares. Se lo regalaría a todas las chicas y chicos que, mochila a cuestas, viajan cada verano gracias al interrail. Incluso fantaseo con la idea de hacer ese interrail yo misma. ¿Habrá interrail para cuando me jubile? Creo que estoy dejando demasiadas cosas pendientes para entonces… ¿Me dará tiempo a todo?

Los recuerdos del Facebook hacen que añore otros veranos, como esas barbacoas nocturnas en el corral de la casa del pueblo, rematadas con rosquillas de mi madre, sacadas a la fresca y compartidas con vecinos que cuentan mil y una aventuras de tiempos pasados que, aunque suenen repetidas, siguen provocando risas cubiertas de complicidad. Como los granitos de azúcar que cubren y endulzan las rosquillas de mi madre. Igual.

Haciendo algo de repaso de estos cinco años de blog confieso que sigo enfadada con algunos temas. Por ejemplo, con los políticos incapaces de hacer bien su trabajo. También estoy enfadada con el Heraldo de Aragón. Por lo de los eres de este verano, sobre todo. Sin embargo, me muero por pillarlo en cuanto tengo ocasión durante el café del almuerzo. Busco con avidez las columnas de Cristina Grande o Picos Laguna. Siempre me han gustado sus miradas. La de Paula o Cristina Delgado  las tendré que buscar en otras páginas, me temo. ¡Maldito mercantilismo de m… que se permite prescindir de buenas profesionales!  Aún así, me alivia comprobar que hay cosas que no cambian, como la ilusión de los zaragocista cada comienzo de liga. Este año la ilusión tiene nombre y rasgos orientales, los de Kagawa. ¿Será éste el año del ascenso? Con menos redactores pero el Heraldo lo seguirá contando. Como seguirá contando la gran crisis humanitaria de los refugiados para que luego cada uno defendamos en la barra del bar (o en el muro del Facebook) si el Open Arms debería o no seguir rescatando personas antes de que se las trague el Mediterráneo. Yo lo tengo claro, sobre todo cuando escucho canciones como esta íntima (y preciosa) versión de Rozalen y su banda. Es fácil reconocerla. La original es de Juanes. 

Postdata: en la foto de portada un robado de la reboda. El cura no sale, pero lo hubo. Si me estás leyendo desde tu smartphone seguramente no la veas… Es un robado y los robados se cotizan doble, búscate un pc 😉

ABRIL

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ABRIL

¿Quién me ha robado el mes de abril? Como Sabina yo también me lo pregunto. Entre torrijas, incienso, tormentas y debates electorales nos hemos plantado en un final de mes que ha vuelto a vestir de verde los tilos desnudos del paseo Independencia.

Hoy me despierto con la alarma de JL y yo, que vuelvo a no tener la obligación de levantarme con la llamada de un reloj, me despachurro por toda la cama, incapaz de hacer que mi cuerpo se ponga en movimiento. Será la astenia primaveral, pienso mientras mi mente sí que toma esa iniciativa de ponerse en marcha un día más. Todavía en la cama comienzo a escribir este post mentalmente y rememoro todo el ruido de estos días, el de los tambores semanasanteros de mi ciudad y el de los debates electorales de la televisión, a pesar de que Rivera invite a escuchar el silencio para sacar luego de su chistera una tarjeta sanitaria única y rojigualda que va a curar, por arte de magia, todos los males de este bendito país.

Cuando por fin me levanto y enciendo la radio escucho que Casado va a celebrar su acto de fin de campaña en el Wizink Center y a mí el Wizink me suena a música francesa, más concretamente la de Zaz y ese concierto que disfrutamos casi en familia justo cuando comenzaba este mes de abril que se nos escapa de las manos. J no vino a Madrid, J se quedó en Zaragoza a estudiar y a experimentar con la repostería, el horno y la batidora. Este año nuestra semana santa y nuestro San Jorge lamineros han tenido sabor a hojaldres con nocilla y tartas de oreo y nuestro San Jorge librero sabor a Masa Madre, la de Iguazel Elhombre. Me sumerjo en su lectura y vuelvo a identificarme con aquella primera maternidad de hace casi veinte años, mismos sentimientos, mismas sensaciones, mismos deseos para el futuro… Qué bien lo cuenta Iguazel… Me paro en el capítulo del 6 de abril, el de Popi Estrellitas, en el que cuenta ese extraño sueño que le atormenta con tener que elegir solo cinco cosas que enseñar a su hija de seis meses. Comienza a enumerar todas aquellas cosas que necesita enseñarle y el agobio se transforma en angustia, hasta que descubre que no es necesario elegir porque con el paso del tiempo juntas irán aprendiendo… Busco el marcapáginas, aquel recuerdo de Florencia que me trajo L en el 2016 según reza en su dedicatoria, cierro el libro y los ojos y me hago consciente de otra realidad, la de que aquellos deseos de futuro ya han llegado porque L ya ha votado. Sus primeras elecciones. Su primer voto por correo. L vuela cada vez más tiempo sola y vuela cada vez más lejos, pero sonrío aliviada al ver que ese cordón que cortó Concha, la matrona, un día de otoño del siglo pasado, sigue existiendo, más fuerte y más poderoso que nunca.

Aquí os dejo una canción de la Zaz más intimista y que también disfrutamos la noche del Wizink.
Espero que os guste casi tanto como a mi.

MUERTE

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MUERTE

Estoy totalmente bloqueada. Acabo de volver de pasar tres días en Madrid donde no hacía más que guardar en el equipaje de mi cabeza imágenes y pensamientos con los que luego poder escribir un post bien bonito, de esos con los que intento ofrecer una lectura fugaz que os haga esbozar una mínima sonrisa, pero mi móvil no para de recibir mensajes con la noticia de que un amigo de juventud falleció anoche de un infarto. Me paro a pensar un poco e intento recordar la última vez que lo vi. Creo que fue en el tanatorio. Tenemos amigos comunes que sí han seguido manteniendo y regando esa amistad, seguramente a base de cervezas y buenos vinos, pero la verdad es que la vida, en estos últimos años, no nos puso a él y a mi en el mismo camino. Ahora pienso en que dentro de unas horas, cuando nos confirmen lugar y hora del velatorio, quizás coincida con más amigos con los que últimamente la muerte parece la única e ineludible excusa que tenemos para volver a vernos.

Imagino a mi amiga I organizando todo hasta el último detalle para que esta última despedida deje la mejor huella posible en esa familia que deja. Si hay una persona que puede hacerlo es ella ya que se dedica a eso y ha hecho de ello su profesión. JL, que nunca ha llevado nada bien lo de acudir al tanatorio o a un funeral, en poco menos de un año ha tenido que dejar dos veces en sus manos lo de organizar esa merecida despedida que todos necesitamos, los que se mueren y marchan y los que quedamos, huérfanos en su caso. Siempre comenta lo bien que lo sabe hacer nuestra amiga y el regalo que supone tenerla en nuestra vida.

Escribo huérfano y me duele escribirlo, porque es una palabra triste. Todas las palabras tienen connotaciones y ésta es una palabra eminentemente triste. Viuda también es una palabra triste… Mi amigo deja un niño y una niña huérfanos de padre y para mí, como madre, ese pensamiento empaña de más dolor, si cabe, esta gris mañana (hasta el cielo se ha puesto triste y llora la ausencia). Confío en la fortaleza de esa madre, prematuramente viuda, confío que el recuerdo de lo vivido por esa familia, ilusionada por crecer y vivir con plenitud, les dé la fuerza necesaria para seguir adelante con ese proyecto ahora truncado por un corazón, unos corazones, totalmente rotos. También confío en que esos amigos que sí que sabían buscar excusas para juntarse, pasara el tiempo que hubiese pasado, les arropen y les demuestren tanto amor como ahora y siempre se necesita.

Al final, acabo escribiendo este texto como si de una oración se tratara porque sólo me queda depositar esa confianza de la que hablo rezando a Dios, como creyente que necesito ser.

Por último busco un título que presente este escrito. Valoro durante un breve instante infarto pero me decido por muerte. Ya sé que no es una palabra bonita, que también es una palabra triste, de las que duelen hasta lo más profundo. Pero la vida en ocasiones también duele y este blog sólo pretende estar lleno de vida, aunque a veces duela.

Morir es alzar el vuelo. Sin alas. Sin ojos. Y sin cuerpo.

Así lo expresa el poeta mexicano Elías Nandino y lo desarrolla en otra imprescindible columna la escritora y periodista Rosa Montero.

PRIMAVERA

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PRIMAVERA

Acabo de estrenar nueva colonia. Huele a primavera, como la que acaba de comenzar. Hoy es el primer día que la llevo. Como estoy sola en casa, soy la única que lo puede apreciar, pero me estoy oliendo a mí misma y me encanto. Cuando paso por la habitación donde me la he echado compruebo que su aroma todavía permanece. Eso me ha hecho caer en la cuenta de que me gusta dejar algo de mí en los sitios, aunque sea una pequeña huella o pista, como en el escenario de un crimen.

Con los aromas corporales me pasa como con la voz. No estoy muy segura de que mi olfato o audición sea la misma a como los demás lo perciben. Porque a mí mi voz, la que yo me escucho, me mola mucho. Sin embargo, cuando oigo mis grabaciones de audio, no me reconozco. ¿Cuál es la real, la que yo me oigo a mí misma o la que escucho en la grabación? ¿Cuál es la que escuchan los demás? Porque si no estáis escuchando la que yo me oigo os estáis perdiendo una voz realmente maravillosa, llena de matices y supercálida. Perdonad mi narcisismo pero es que estos días necesito alguna palmadita en la espalda y como llevo toda la mañana sola, me la tengo que dar a mí misma.

Si algo bueno tiene cumplir años es que cada vez me importa menos lo que la gente piense o diga de mi. Como escribió Saramago, tengo la edad que quiero y siento. El año pasado cumplí cincuenta, según la partida de nacimiento, y no sé si como un acto de reivindicación de la redondez de la edad que iba a alcanzar o por puro hartazgo con los tintes de pelo, en mi visita primaveral a la peluquería decidí que no me teñía más el pelo. Así se lo comenté a mi peluquera que, como buena aliada, aceptó el reto, seguras las dos de que era una buena decisión. Sabíamos que el proceso iba a ser lento y que necesitaba una buena dosis de paciencia por mi parte para ir aceptando la imagen que el espejo me devolvía cada mañana y de confianza en su criterio profesional para que, en cada visita, con sus tijeras, despistara de alguna manera ese foco de atención que iba a ser llevar el pelo de varios colores sin que pareciese que era un síntoma de dejadez por mi parte. Me dijo que nos costaría un año. Ha sido un poco menos.

Creo que nos da miedo que el pelo blanco nos haga parecer más viejas, pero eso es sólo en un primer y superficial momento. Ayer me pasó una cosa muy curiosa. Estaba en la tienda de mi amiga R (tengo pendiente hablar por aquí del comercio de barrio y de la valentía de mi amiga) y la señora a la que estaba atendiendo se dirigió a mí diciendo, “porque esta señora que es más mayor que tu”… Entonces me miró a la cara y rectificó. “Ah, bueno, no”, y siguió con su historia. Ella se había fijado que había alguien con pelo blanco y ya pensó en la edad pero le bastó fijar un poquito más la mirada en el conjunto de la persona para cambiar de opinión. En cualquier caso, y como ya he dicho, no es tan malo hacerse mayor y, desde luego, lo de las canas y raíces blancas en el pelo, sin duda, ha dejado de ser una preocupación para mi. 

¡Feliz primavera, amigas y amigos lectores!

Vector de fondo creado por freepik – www.freepik.es

ENERO

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ENERO

Enero empezó triste. Los días de navidad no cuentan. Una cosa es navidad en la que parece que estés obligado a sacudirte la tristeza sea como sea y otra es enero, el de la cuesta. Enero, aunque me dé por contarlo desde Reyes, se me hace largo, muy largo. Será por el frío, por la falta de luz o por lo que sea, pero a mí se me antoja un mes eterno. Como decía, comenzó triste. Desayunar una buena mañana con que una de tus librerías preferidas echa la persiana no ayuda. ¡Qué culpa tendré yo de que a los demás les dé por comprar los libros en Amazon! A mi me sigue gustando comprar libros de papel y me sigue gustando perderme por las librerías, tocar, oler, descubrir, elegir varios títulos, acercarme al mostrador donde esperan discretamente Félix o Eva, quien esté en ese momento, y que me cuenten sus impresiones o yo contarles cómo es la persona a la que quiero regalar un libro… Ya me cerraron el Pequeño Teatro, ahora los Portadores… Estoy enfadada. Enfadada y triste.

Luego la enfermedad, vestida de cáncer nuevamente. Y una vez más tras dos caras queridas. Las dos, ella y él, un poquito más mayores que yo, pero poco, cincuenta y pico. Pienso en ellas y en que, de repente, se ven obligadas a hacer un parón en sus rutinas diarias para centrarse en otras rutinas mucho más complicadas y duras. Yo entiendo esas ganas de normalizar una enfermedad que, mal que nos pese, está cada vez  más extendida y que para eso, nos dulcifiquen el panorama con estudios y artículos que intentan sacar cosas positivas de los tratamientos pero también hay que ser realista y reconocer que hace falta mucha fuerza para afrontar el día a día de convivencia con la enfermedad. Para ellas mi comprensión, mi amor más profundo y toda la fuerza del mundo.

Y no sé si por ser conocedora de estas historias, la del sueño truncado de ganarse la vida con un proyecto tan bonito (porque Portadores era mucho más que una librería) y la de estas personas cercanas y queridas a las que la enfermedad les cambia completamente la vida, que yo me aferro a la mía con más ganas que nunca. Por eso saboreo cada encuentro, cada vermouth dominguero o cena en torno a un pan casero y unos quesos, cada café compartido, cada concierto de música, cada nacimiento y cada fiesta de cumpleaños. Y también disfruto los paseos madrugadores al curro, abrigada hasta las cejas, cuando me sorprendo escuchando los pajarillos que cantan, al pasar por esas calles que huelen a barrio de toda la vida. Y disfruto las últimas páginas de aquella historia que me tiene atrapada desde hace meses (yo y mi lectura slow). Y disfruto, y me río, y me emociono, con los diálogos entre  Norman y Sandy en el Método Kominsky, apuntando mentalmente algunas de sus reflexiones para que me ayuden a entender todo lo bueno y malo que tenga que llegar.

APUNTES QUE NUNCA LLEGAN A LOS CUADERNOS

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APUNTES QUE NUNCA LLEGAN A LOS CUADERNOS

Hace unos días me quedé afónica (y no era la primera vez en este otoño-invierno). A juzgar por la cadencia de mis entradas en este blog, parece que mi mente también se queda afónica con demasiada frecuencia, pero nada más lejos de la realidad. Mis entradas mentales al blog son inagotables. Siempre he fantaseado con que alguien invente un aparatejo que escriba directamente las ideas que se me van ocurriendo para futuras entradas en este blog.  O ya que nos ponemos, que escriba directamente este blog. La realidad es que, aunque siempre procuro tener un cuaderno en el bolso o en la mesilla de noche, no siempre acabo apuntando todo aquello que se me ocurre. Lo más parecido a mi fantasía es el bloc de notas del móvil, ese que me desapareció la última vez que tuve que “llevarlo a fábrica”. Nunca me he sentido tan dependiente del móvil como cuando me di cuenta del error de no hacer una copia de seguridad de esa aplicación.

Acabo de hacer un parón para ir a la cocina a preparar la comida de hoy. En el coche conduciendo, paseando por la calle o faenando en mi cocina suelen ser buenos momentos para que esas ideas de las que hablaba fluyan como el agua de los ríos en primavera, pero casi siempre dejo de apuntarlas en alguno de esos cuadernos. Un ejemplo: buscando en el frigorífico los ingredientes para el puchero, me he tropezado con el platito de embutido que todavía queda de la cena de Nochebuena, ese que se nos olvidó sacar a la mesa y que sólo echamos en falta cuando ya estábamos empachados de tanta comida. La verdad es que luego viene muy bien durante el resto de la semana para picar algo mientras preparo la comida cotidiana porque, a la vez que sacio un poco el hambre que empieza a aparecer, rememoro pequeños flashes de las cenas y comidas navideñas. Recuerdo que mi madre comentó que el salchichón no era muy allá, así que como mi madre es de las poquitas personas que todavía me aportan la credibilidad necesaria para seguir confiando en la raza humana, dediqué mis afanes al jamón y al chorizo que sí gozaban de su aprobación. ¿Qué queda ahora en el plato? Pues el salchichón. Le pasa lo mismo que a las galletas sin chocolate del surtido navideño. El caso es que hoy, por fin, el salchichón ha tenido su oportunidad en mi paladar, con la agradable sorpresa de que a mí me ha parecido bastante bueno. Lo mismo pasa con todo lo que leemos en las redes sociales. Incluso las reflexiones de quienes nos merecen toda la credibilidad del mundo pueden tener un matiz con el que no necesariamente tengamos que estar de acuerdo. Yo a eso le llamo criterio y es lo que más he echado en falta este año a nivel general en muchas de las conversaciones en tertulias y sobremesas, conversaciones bastante influenciadas por redes sociales y prensa en general, me parece a mí. ¿Por qué nos estamos radicalizando tanto? Entre el blanco y el negro hay un  amplio pantone con una diversidad maravillosa que si todas las personas fuésemos capaces de apreciarla, “fliparíamos en colores”.

Acabo de buscar cual ha sido el color del año 2018 y, mira tú por dónde, ha sido el violeta… Creo que nunca llegué a contar por aquí mi 8 de marzo. Fui a la manifestación con una de mis mejores amigas, charlamos y compartimos reflexiones, como en tantas otras ocasiones, pero esta vez formando parte de esa marea feminista que rezaba como titular en los periódicos del día siguiente. Acabamos fascinadas por el ambiente reivindicativo que se respiraba. Allí nos encontramos con mi madre y su amiga, que cambiaron de ruta en su paseo diario para aportar su presencia en la manifestación, como luego declaró mi madre a la reportera de un periódico local. Al día siguiente mi madre, que se manifestaba por primera vez por algo en su vida, era portada, junto con otras trece mujeres zaragozanas, de aquel 8-M.

Creo que fue Patricia Botín la que dijo que nos parecía que el feminismo era una reivindicación del pasado, y no. Es necesario ser feminista aquí y ahora, porque basta con observar nuestra realidad más cercana para darnos cuenta de que todavía falta mucho para llegar a esa igualdad que proclama el articulo 14 de la Constitución Española o la Carta de las Naciones Unidas. Me parece que este año ha sido el definitivo para que nos paremos a pensar y reflexionar sobre el tema y nos propongamos muy en serio cambiar muchas actitudes y comportamientos. Podríamos empezar por el lenguaje inclusivo, a ver si de una vez por todas lo normalizamos y deja de ser motivo de burla y de tirarnos los trastos a la cabeza. Yo soy la primera que reconozco que es difícil y que cambiar la forma de hablar con la que nos han educado desde la infancia cuesta, pero como todo en esta vida, no pasa nada por intentarlo.

Personalmente soy optimista y tengo una señal que lo demuestra. En mi top de canciones de este año que el Sr. Spotify tiene a bien regalar a mis oídos, los 6 primeros puestos están ocupados por 3 hombres y 3 mujeres (y en mis gustos musicales no aplico ninguna cuota paritaria, lo prometo). Como al final acabo charrándolo todo os cuento los artistas que encabezan mi maravillosa lista y que son, por ese orden: El Kanka, Sting, Rozalén, Radio Futura, Mª José Hernández e Imelda May… ¡Ojalá sea una premonición de que la igualdad está cada vez más cerca!

Aquí os dejo una pequeña muestra de lo que se viene haciendo por el movimiento feminista, esta vez a cargo de una artista que se permite aconsejar a las niñas y niños que acuden a sus conciertos que escuchen y pasen muchos ratos con sus abuelos. ¡Adorable!

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