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LA CHICA DE AYER

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LA CHICA DE AYER

Zaragoza es ciudad de niebla. Cierzo y niebla. El cierzo, a veces, nos vuelve un poco locos y la niebla, casi siempre, melancólicos. Anoche, cuando todos ya dormían y terminaba por apagar la penúltima luz de mi casa, me asomaba a la ventana y comprobaba que una espesa niebla se  instalaba nuevamente fuera, en la calle…

En mi adolescencia no me gustaba ni la lluvia ni la niebla. Me ponía de mal humor. Lee el resto de esta entrada

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CALOR DE OTOÑO

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CALOR DE OTOÑO

Cada estación tiene sus olores y sus colores y, cuando llega esta época del año, me da por recordar aquel fin de semana en Luesia. Mi amiga A era una de las dos maestras del pueblo y siempre dice que allí pasó de los mejores años de su vida. Y me puedo hacer una idea de que así fue.

Recuerdo, sobre todo, el típico olor de las estufas de leña que en los pueblos, y más en éste, en las puertas del Pirineo, impregna el ambiente de buena mañana y cuando el sol se esconde… Aquella comida. Quiero recordar que la hicimos en lo que sería el recreo de las escuelas del pueblo, aprovechando el calorcito del sol del mediodía y el espacio. Imposible montar dentro del pequeño “apartamento” de la maestra la mesa larga donde juntar a toda la pandilla de amigos. Lee el resto de esta entrada

RUIDO

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RUIDO

Es lo que tiene vivir en esta bendita (esto lo digo yo) y vetusta ciudad (esto lo decía nuestro querido Labordeta con quien coincido en amarla y odiarla). Y es que nos cuesta retomar la normalidad tras el descanso veraniego. Recién estrenado el otoño nos plantamos en medio de las fiestas patronales y entre vivas a la fiesta, a la virgen y a Zaragoza tenemos toda una semana por delante de festejos para llenar las calles de jolgorio y ruido… demasiado ruido.

El paseo Independencia, crisol de esa Hispanidad que también se conmemora con nuestra patrona, no sólo se manifiesta el día de las ofrendas: la de flores, más popular y exagerada, y la de frutos, Lee el resto de esta entrada

COMO ENCARIÑARSE CON UN BARRIO

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COMO ENCARIÑARSE CON UN BARRIO

Siempre me pregunté por qué el parque infantil de la Plaza de los Sitios tenía el suelo acolchado y el del Parque Mercurio en el Barrio de San José montones y montones de tierra. Posiblemente los caros zapatos de las mamas del entorno a Isaac Peral no se pueden permitir cargar con polvo blanquecino el resto de la jornada. El caso es que ayer me acordaba de esta antigua reflexión mientras aceptaba la invitación de J de esperar los veinte minutos que nos faltaban para entrar en clase de música acercándonos al parque de la Plaza de las Chinas, en el Barrio de la Paz.

Supongo que si le preguntara cual es el parque de su vida me diría que durante el verano el “Parque de las terrazas” (el Mercurio) y durante el curso la Plaza de las Chinas, porque allí nos hemos pegado él y yo muchos raticos, los primeros años esperando a que su hermana acabara su actividad y los siguientes haciendo tiempo a que se hiciese su propia hora de acudir a las clases. Allí aprendió lo que es la paciencia haciendo fila en el columpio y me recordó que si una primavera me dio el tostón con que le ayudara a impulsarse en el columpio, ese mismo otoño, a la vuelta de las vacaciones en el pueblo, era él mismo el que ya sabía darse. Ayer volvió a guardar turno mientras merendaba (con el fondo musical inconfundible de las castañuelas repiqueteando), pero sentado, porque no le debía parecer bien que un chicarrón de doce años aguardara de pie, como intimidando, a que acabasen de hacer sus particulares acrobacias los niños, unos pocos años más pequeños, que en ese momento ocupaban los dos únicos columpios.

Es un parque peculiar. Pequeñito, encajonado entre varios edificios como si se tratara del patio interior de estas urbanizaciones particulares de los barrios más modernos. Pero tiene algo de especial y es que está en el Barrio de la Paz, esa República Independiente de esta ciudad, ese pequeño reducto como la aldea de Asterix y Obelix, siempre en lucha, siempre reivindicando, siempre movilizando.  Y me gusta el espíritu del barrio y de sus gentes. Me gusta ese empeño por mover las conciencias y por fomentar la cultura en cualquier manifestación que se tercie. Me gusta cuando organizan los Festivales de Música Celta a finales de Junio o las Charlas de Otoño (aunque luego nunca me pueda quedar a ninguna).

Desde hace más de un año los rostros de Leonardo, Isaac, Cristobal, Mahatma o Alfred nos interpelan con esas miradas de genialidad. Es un parque ideal para ver caer las hojas en otoño, para pensar… mientras te interrumpe el llanto de algún bebe que tropieza dando sus primeros pasos en un suelo acolchado, como en los parques del centro de nuestras ciudad.

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