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UNA SEMANA DE VERANO

UNA SEMANA DE VERANO

Este verano leía una columna de Rosa María Artal con la que me sentí bastante identificada. No sé cómo me habría sentado esta lectura los otros tres veranos anteriores. Posiblemente y, depende del día que me hubiera pillado, me lo habría tomado mejor o peor, porque esto es lo que pasa cuando la vida se tuerce y no puedes contar con esas vacaciones anuales a las que, tu pequeña y acomodada vida burguesa, te había acostumbrado. Porque, da igual el motivo, incluso pueden ser varios a la vez. Cuando algo, en esa vida que habías proyectado, no va bien, tienes que afrontar las circunstancias que la van llevando como mejor puedes. Unas veces con esa sonrisa que disimulas para que los demás no se preocupen en exceso y con la que, finalmente, te contagias de ese, llámalo x, que te mantiene con la fuerza necesaria para seguir adelante y otras, cuando ya no puedes más, con ese rictus en la boca que, tarde o temprano, te hará soltar toda la angustia que llevas dentro, ya sea en forma de enfado o, simple y llanamente, tristeza. Tristeza inmensa. (¿Por qué siempre evitamos decir que estamos tristes, cuando es un estado como otro cualquiera?) Y, aún así, como visibiliza la periodista aragonesa, sólo necesitas levantar la vista un poquito más allá de tu ombligo para comprobar que siempre habrá alguien que lo estará pasando bastante peor que tú.

Este año el veraneo tardó en llegar, pero llegó. Una semana de vacaciones familiares (no necesitamos más, ya estamos acostumbrados) en el horizonte, casi rayando con el otoño. Y fue una semana de complicidad absoluta entre los cuatro. Empezando por esa banda sonora que L nos preparó (con muchísimo cariño, aunque ella, probablemente, ni siquiera fuera consciente) para animar las largas horas de ruta en coche. Una playlist teniendo en cuenta los gustos musicales de todos y con sorprendentes cambios de estilo y ritmo para que el conductor no cayera en la tentación de evadirse demasiado con la atención fija en la carretera. La playlist de los viajes la vamos a llamar. Una semana de descubrir nuevos sabores y formas distintas de cocinar. De conocer anfitriones abrumadoramente atentos… Teníamos dudas de si realmente son así porque son así o porque se esfuerzan por agradar para que luego les evalúes bien… No. Definitivamente son así, es su carácter amable y educado. Una semana de caminar, unas veces buscando sobre el plano de la ciudad y otras, simplemente, dejándonos llevar por las callejuelas. Una semana de descansar el alma del ajetreo diario y descansar la mirada sacándola a pasear con el fresco de la mañana desde la terraza de esa casa que no es la tuya pero que, al cabo de unas horas, ya la has hecho a ti. Una semana de enamorarse, de todo y de todos… De descubrirnos y redescubrirnos… Y el mar… Yo, que siempre me he considerado una chica de secano, declaro a los cuatro vientos que me encanta este mar, que ya no me molesta la arena pegada a la piel y que agradezco esa sal que reconozco cuando me mojo los labios y que me hace respirar mejor y llenar mis pulmones de ese aire que, muchas otras veces, tanto echo en falta.

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Acerca de Carmen Calvo

Aprendiz de todo y maestra de nada. Tranquila en las distancias cortas aunque inquieta de mente. ¿Mi super-poder? Buscarás, buscarás y, al final, lo hallarás.

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  1. Ohhhhh! Me encanta tu texto. Y me encantan esas imágenes que reconozco del año pasado. Qué ciudad tan maravillosa para pasear, descansar la mirada, redescubrirnos… Besos

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    • Gracias Paula. Difícil elegir entre tantas que hice… o quizás no… Las fotos nos ayudan a recordar momentos felices casi siempre, aunque también hay otras que nos ponen tristes… ¡La vida!
      Besicos.

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  2. ¡Siii! Si se os había notado que la semana había sido casi mágica. ¡Qué fotos más bonitas! Y qué luz, la que trajisteis vosotros en la mirada ( que yo lo vi y me alegró el final del verano).
    En cuanto a la tristeza… reivindico el derecho a estar tristes, o enfadados o furiosos, hoy que todo el mundo te dice “tienes que estar feliz”…en fin, la vida. Y mira que yo llevo la felicidad por bandera, que recuerdo a mi prima L.P. 😉 cuando éramos adolescentes diciéndome que admiraba y le sorprendía la facilidad con la que yo empleaba una palabra tan grande como FELICIDAD, pero sé reconocer y sentir también la tristeza y darle su sitio, su momento y su valor. ¡Un abrazo inmenso!

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    • Que rebonito todo lo que dices y, sobre todo, eso de “darle su sitio, su momento y su valor” a la tristeza… Me alegro que este post haya removido tantos sentimientos. Casi podría decirse que “la tristeza ha salido del armario” 😉
      ¡Otro abrazo para ti, amiga del alma!

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  3. Pingback: OBRIGADO | El Blog de Juliette Tourmalet

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