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LA FELICIDAD ES UN COULANT DE CHOCOLATE

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LA FELICIDAD ES UN COULANT DE CHOCOLATE

Según un estudio de la universidad de Wisconsin, “las personas que fotografían todo son más felices“… Mis hijos siempre andan diciéndome que soy una pesada y que no puedo parar con la camarica, que así no cunde nada en las excursiones y que qué alivio cuando se acaba por fin la batería… Ergo…

Mi tío más que hacer fotos, “recopila” fotos y ahora, con las redes sociales, ha encontrado un filón. Gracias a él y las fotos que se va descargando en el móvil, el resto de la familia sabemos de los demás. Es el “call center” de la familia. No hay incidencia, noticia o evento que no se registre, centralice y distribuya a través de su móvil. El caso es que el otro día me dijo una frase que me hizo pensar (todos tenemos un pequeño filósofo en el interior) y, definitivamente, me gustó tanto que la voy a compartir. Me dijo que yo siempre salía en las fotos con esa sonrisa tan mía por la cual se notaba que yo era una persona muy feliz. No feliz, a secas, no, muy feliz. Me desarmó la rotundidad de su reflexión. ¿Cómo negarlo? ¡Es verdad! He de aclarar que no es cierto. Lo de que salgo siempre con sonrisa en las fotos, digo. Lo que pasa que filtro antes de compartirlas a través de los distintos medios ciberespaciales con los que tanto nos gusta relacionarnos. Intento seleccionar en las que salgo con esa sonrisa que dice él. Lo normal es que, entre cien fotos echadas en un evento o celebración (y en las fotos de grupo parece que lo haga adrede pero no, lo prometo), servidora salga con los ojos cerrados o gesticulando en noventa y …¿siete? Es así, es una evidencia que no puedo negar.

Ayer por la tarde tuve que cambiar de planes. Bueno, no es del todo así, a ver si me explico. Medio había quedado con una persona para una reunión, con el amplio margen de dos tardes de esta semana. Pasado el mediodía que antecedía a la segunda tarde, como no me había confirmado nada y tenía ya preparado un plan B (e incluso un C, si no llegaba a la hora del B), me estaba preparando para acudir al B, cuando me llamó el del plan A, así que con dolor de corazón (sinceramente, me apetecía mucho el plan B) acudí a dicha reunión. Al final y, como vivimos en un mundo tan segmentado por el horario y las prisas, la reunión duró escasamente media hora, así que, como no podía llegar ni siquiera al plan C, me saqué de la manga un plan D, que era bajar a la Casa del Libro a comprarle a J un libro con una tarjeta regalo pendiente de su cumpleaños. Cuando llegué a la tienda vi que estaban preparadas unas cuantas sillas para la presentación de un libro así que, como no tenía ninguna prisa, subí a la otra planta rápidamente a coger el libro que buscaba (era fácil, iba a tiro hecho) y cuando bajé busqué un asiento libre donde sentarme y dejarme sorprender. Ni idea de qué libro presentaban, pero su autor (si alguien tiene curiosidad por saber quien es, aquí tenéis una entrevista muy simpática que le han hecho con motivo de dicha presentación en nuestra ciudad) era un tipo muy divertido y ocurrente que, aunque decía que salía de vez en cuando en la tele, yo no había visto jamás. El caso es que la presentación era un monólogo de esos que enganchan y que te hacen echar alguna risotada e incluso, de vez en cuando, una sonrisa cómplice de esas que dicen “pues igual tienes razón” o “eso también pienso yo”. Interactuaba con un público entregado que ya sabía a dónde había ido (menos yo, sospecho) y, de vez en cuando, soltaba alguna pregunta de esas retóricas… El título en cuestión: “El pequeño libro de la felicidad”.

Ya he contado alguna otra vez qué es la felicidad para mi. La felicidad esta semana ha sido comenzarla agotada después de celebrar durante cuatro días consecutivos el cumpleaños de mi hijo. Empecé el pasado viernes preparando una carretada de coulants de chocolate , para que merendaran tras el entrenamiento los chavales de su equipo de baloncesto, y acabé el lunes preparando otra carretada de coulants para rematar la comida con la que celebraba, ahora con once chicos y chicas de su más íntimo circulo de amistades, su recién estrenada edad. Entre medio, comidas y meriendas con familia,  más amigos… espaguetis, macarrones, longaniza, pinchos… una variada (léase con ironía) selección de platos que, simplemente, hacen feliz al homenajeado… Y la felicidad fue que, el lunes, al final del día, J me diera las gracias con un abrazo de esos que tanto nos gustan a las mamas.

La felicidad te la puedes encontrar saliendo de la librería, cuando descubres que está lloviendo y continuas caminando al cobijo de los soportales de Independencia. Es mi “centro comercial” preferido. En ninguno como en él sientes la necesidad de aflojar el paso para respirar el aroma de los tilos en flor. La felicidad es acabar de hacer las pequeñas cosas cotidianas, pensar este post mientras las hago y, por fin, ¡sentarme a escribirlo!

Audrey-Hepburn_cocinando

En la cocina, sacando con cuidadín los coulant del horno.

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Acerca de Carmen Calvo

Aprendiz de todo y maestra de nada. Tranquila en las distancias cortas aunque inquieta de mente. ¿Mi super-poder? Buscarás, buscarás y, al final, lo hallarás.

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  1. ¡Eso es la felicidad, qué bien lo cuentas! Yo quiero probar algún día uno de esos coulants de chocolate… Besos

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  2. Yo también me apunto a seguir celebrando ese cumpleaños con uno de esos COULANT. ..
    Y al leer la entrada me ha venido a la cabeza esa relación de ser feliz saliendo de uno mismo para hacer felices a los demás…así como el “coulant” lo bueno esta en el interior!
    Gracias

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    Responder
    • Carmen Calvo

      Gracias a ti por compartir tu reflexión… ¡Captaste el mensaje al vuelo! ¡Esa es la clave! Si todo el mundo se animase a cocinar coulants… ¡el mundo sería mucho mejor! 😉
      Un abrazo, “chefcorredor/a”

      Le gusta a 1 persona

      Responder

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