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PEQUEÑAS MIRADAS COTIDIANAS

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PEQUEÑAS MIRADAS COTIDIANAS

Me la encontré delante de mi en la fila y, parecía tan segura de sí misma, que decidí seguir sus pasos puesto que parecía que las dos teníamos pensado hacer lo mismo. Ella provista de un carrito. Yo sólo con una bandeja, no necesitaba más. Ella cogió dos tazas, yo una. Luego cogió dos vasos de cristal y yo el mío. Me miró y me sonrió. En ese mismo instante, sin palabras, ya nos hicimos cómplices. Llegamos a la máquina de hacer zumos donde se había formado un pequeño tapón de personas. Había que reponer naranjas en la máquina y en el cubo de al lado ya quedaban pocas. Cuando llegó nuestro turno le ayudé a rellenar la máquina. Ella, pequeña y menudilla, casi no llegaba al fondo del gran depósito. Me lo agradeció con otra amplia sonrisa. Luego la perdí de vista pero, para entonces, ya sabía por dónde tenía que seguir. Acabé de rellenar mi bandeja, pagué y busqué una de las pocas mesas solitarias que quedaban en el local. Pensando que sería una mañana tranquila y que apenas habría alguien comprando, me extrañé de encontrarme tanta gente. ¡Caramba con las compras navideñas!, pensé. Grupos de madres e hijas, sobrinas y tías… qué se yo. Alguna pareja de chicas, de chico y chica… comentando lo que necesitaban, planeando el resto de la jornada.

Seguí con mi almuerzo, agradeciendo el calorcito y observando el cielo azul que los grandes ventanales me regalaban en una mañana ya fría de finales de otoño. Me daba un poco de reparo seguir observando a las personas que me acompañaban en el local, como si fueran a pensar que me estaba inmiscuyendo en sus vidas. Sin embargo, sin poder evitarlo, en mi paseo con la mirada los encontré. Era ella. Para él era la segunda taza, el segundo vaso, el segundo plato… Sentados frente a frente, sin hablar pero cogiéndose las manos por encima de la mesa.

Justo cuando los encontré decidieron marcharse. Él, conservando esa apostura que, sin duda tuvo en su juventud, se calaba el sombrero y le ayudaba a ponerse el abrigo a ella en un gesto de inmenso cariño. Pasó el brazo por su hombro y se alejaron lentamente. Y a mi me quedó una inmensa sonrisa, una placidez de quien siente que el futuro le espera de la misma manera, decorado con esa luz y calidez que alguien trajo de Suecia.

En la imagen, nosotros dentro de unos cuantos años, disfrutando como siempre de lo que la vida nos regale.

En la imagen, nosotros dentro de unos cuantos años, disfrutando como siempre de lo que la vida nos regale.

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Acerca de Carmen Calvo

Aprendiz de todo y maestra de nada. Tranquila en las distancias cortas aunque inquieta de mente. ¿Mi super-poder? Buscarás, buscarás y, al final, lo hallarás.

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  1. ¡Ay Carmen, me ha encantado!
    A mí me pasó algo parecido hace unos días: iba yo andando camino al estudio como siempre y en la esquina de la calle Cáceres un hombre muy mayor (un agüelico de boina, vaya, con los pantalones raidicos y su gayata) esperando con un ramo de flores en la mano, me quedé mirándolo al pasar y le sonreí pero no se enteró, bueno y allí se quedó, yo me alejé y me volvía de vez en cuando porque me entraron ganas de hacerle una foto y no sé por qué, bueno sí lo sé, por muchos motivos, pero entre ellos porque desprendía ternura. Y yo me fui con mi sonrisa pensando para quién serían las flores, para su mujer, para su novia, y casi seguro creo q serían para su hija… ^^

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  2. Pingback: OTRO 1º DE MAYO MÁS | El Blog de Juliette Tourmalet

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